No se las pensó y le dio una paliza pa' matarla.
Lo contó Gabriel Sedano Lupiañez, 65.
Murtas.
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Periquito entró en el güerto de un vecino. Iba a robarle peras. Mientra' robaba la fruta (¡tan buena!) penzaba:
- Me llevaré do' cejto' de pera' y laj venderé. Con el dinero que me den compraré do' gallina' y laj gallina' me darán güevo'. Loj guevo' ze convertirán en pollito'. Venderé loj pollito' y compraré una marrana. La marrana me dará marranillo'. Venderé loj marranillo' y compraré una vaca. La vaca me dará dinero' y pronto tendré mucha' pesete'. Entonce' compraré una güerta y la plantaré de perale'. Pero no me dejaré robar la' pera'. Ejtaré de guardia to'a' laj noche', y zi arguien z'acerca gritaré: "¡cuida'o, vecinos, que hay aquí un ladrón!
Ar penzá' ejto úrtimo gritó mu' fuerte: "¡cuida'o, vecinos, que hay aquí un ladrón!” y loj cria’o' del amo de la finca lo dejcubrieron y le dieron una gran paliza.
Mariquilla tenía mucha' cormena' y zacaba buen dinero de la mié'. Un día dijo a Juan:
- Juan, ¿podría' ir ar pueblo a vendé' ejte tarro de mié'?
Ya en el pueblo, Juan comenzó a gritá':
- ¡Vendo rica mié'!
Pero nadie le hacía cazo. Zolo laj mojca' z'acercaban a él. Creyendo que laj mojca' iban a pagarle dejó er tarro encima de una piedra y laj mojca' ze comían la mié', pero de pagá' ná'... Y Juan penzó: "zi vuervo a caza zin mié' y zin dinero me mata Mariquilla. Azí que fue al arcarde.
- Zeñó' - le dijo - laj mojca' no quieren pagarme la mié' que me comieron.
- Ezo tie’ fácil arreglo: da un garrotazo a cá' mojca y ya ejtá.
El pobre Juan era el má' tonto der pueblo. Mariquilla zu muje' era mu' lijta. Un día Mariquilla tuvo que ir al merca'o, y dijo a Juan al marchá':
- Juan, cui’a bien loj pollito'.
Pero no podía con ello'. De pronto ze le ocurrió una idea. Bujcó un ovillo de bramante y, uno a uno, fue amarrando con él a loj pollito', con cuida'o por una patita. Loj pollito' chillaban zin para’. Pero Juan, zatijfecho de zu idea, ze acojtó a dormi' a la zombra d'un arbo'.
El milano oyó el pío-pío de loj pollito'. Ze lanzó zobre ello' y , como ejtaban amarra'o uno' a otro', no tardó en volar con to' en dirección a zu ni'o. Juan ni z'enteró. Zeguía durmiendo tan tranquilo. Fue Mariquilla quien lo despertó. Juan tuvo que contarle lo ocurrí'o, y recibió la riña correspondiente.
Érase una vez tres hermanos que se les había muerto el padre y la madre, y se repartieron la herencia. Al más tonto de los tres, que le decían Juanillo, le dejaron la vaca.
Érase una vez que en un pueblo muy pequeño vivía un muchacho muy tonto que se llamaba Juanillo. Cierto día dos muchachos que le tenían odio decidieron meterlo en un saco y tirarlo por un tajo. Ya que lo tenían metido en el saco, lo montaron en un burro. De camino para el tajo, se encontraron una higuera y decidieron pararse a comer higos. Dejaron el burro por allí y un pastor que estaba guardando cabras se acercó a mirar lo que había en el saco. Lo abrió y se encontró con Juanillo.
- ¿Qué haces aquí? - le preguntó sorprendido.
- Es que me llevan a casar con la hija del rey y yo no quiero. - le respondió Juanillo.
- Entonces quédate tú con las cabras y yo me caso con la hija del rey - propuso el pastor.
Juanillo se salió del saco para quedarse con las cabras y se metió el pastor. Cuando llegaron al tajo descargaron el saco y lo tiraron. De vuelta ven a lo lejos las cabras y dicen:
- ¿No es aquel Juanillo?
Llegaron hasta donde estaba con sus cabras y no salían de su asombro. Ya le preguntan:
- ¿Cómo es que estás aquí si te acabamos de tirar por el tajo?
- Pues veréis - dice Juanillo - De cada brinco, cinco; de cada zancada, una manada. Y ya veis: aquí me encuentro con estas ovejas. ¡Y todavía hay más!
Los otros, creyéndose lo que les había dicho Juanillo, se fueron otra vez al tajo. Uno le dijo al otro:
- Tú, cuando te tires, si hay ovejas, dices fuerte: “¡Hay!”
Con que se tiró y al caer se pegó en la cabeza y dice:
- ¡Ay!
El otro, sin dudarlo un momento, se tiró también.
Desde entonces a Juanillo no le volvieron a hacer nada malo y vivió feliz con sus ovejas, para siempre.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Érase una vez dos hermanos que, como el título dice, uno era listo y otro tonto. El listo tenía una novia que era muy guapa y el otro tenía la desgracia de comer mucho.
- Chachillo, yo quiero ir a ver a tu novia - le decía el tonto a su hermano listo.
- No, tú no puedes venir conmigo, que comes mucho.
- Chachillo, chachillo, yo voy contigo - le repetía.
El otro, con tal de que no le diera más la lata, le dijo:
- Ven conmigo. Pero cuando yo te pise el pie tienes que dejar de comer.
Érase una vez dos compadres, uno rico y otro pobre. El rico tenía una hija y el pobre un hijo. Y le dijo un compadre a otro:
- Compadre, cuando tengamos los hijos grandes, los casamos y así seremos compadres y consuegros.
Cuando los hijos ya eran mayores, Juanillo no se quería casar con la hija del compadre porque él era pobre y ella era rica. Entonces él se hacía el tonto.
La muchacha tenía ya novio y se iba a casar e invitaron a la petición de mano a los compadres. Le dijo la madre de Juanillo al marido:
- Mira: a Juanillo es una vergüenza llevarlo a la casa de los compadres, porque es tonto y no hará mas que tonterías.
El padre le dijo al mozo:
- Toma este dinero, cinco mil pesetas, y te llevas a Juanillo a la sierra y lo pierdes para que no venga a casa de mis compadres.
Se llevó a Juanillo a la sierra y cuando ya estaba lejos del pueblo, le dijo:
- Espérate aquí que voy a por agua. No te mueves.
Y Juanillo le dijo:
- Dame el dinero que te ha dado mi padre y cuando vayas al pueblo, no digas que soy listo porque te mato.
Cuando regresó el mozo al pueblo, les dijo que lo había dejado muy lejos y que no encontraría el camino.
Juanillo, con las cinco mil pesetas, se compró tres anillos: uno le costó mil pesetas; otro dos mil quinientas pesetas; y el tercero mil quinientas. Fue a la casa de la novia, tocó a la puerta y salió la moza y le dijo:
- ¿Qué quiere usted?
Y él le contestó:
- Vengo porque me he enterado que tu señorita va a casarse y a ver si me quiere comprar un anillo.
Ella dijo que su señorita ya tenía uno, pero él le contestó que no sería igual y se lo enseñó.
- ¡Oh, señorita, qué anillo! Es el más bonito de todo el pueblo. Mírelo usted, señorita, mírelo.
- Dile que cuánto quiere por él.
- Dile a tu señorita que si me enseña de rodilla para abajo, se lo doy.
- Señorita, dice que con verle de rodilla para abajo se lo da.
- No, que me voy a casar. ¡En cualquier día le enseño yo de rodillas para abajo!
- Señorita, usted qué va a perder. El se va y ya no viene más.
- Bueno. Dile que suba.
Sube Juanillo, le enseña de rodilla para abajo, le da el anillo y se va. Y al otro día vuelve y le trae el otro anillo. Toca a la puerta y sale la moza:
- ¿Qué quiere usted?
- Vendo anillos.
- Mi señorita tiene ya el anillo más bonito de todo el pueblo. ¿Cuánto vale?
- Dile a tu señorita que me enseña de los muslos para abajo y le doy el anillo.
- Señorita, ¡ay qué anillo!
- No, que ya tengo dos anillos. ¿Para qué quiero más?
- Mírelo usted, señorita, mírelo usted.
- Dile que cuánto quiere por él.
- Mire, señorita: dice que con verle de los muslos para abajo se lo da.
- ¡Uf, uf, uf! Cualquier día, que me voy a casar ya mismo.
- Señorita, usted qué va a perder. Se lo enseña, se va y ya no viene más.
- Bueno, dile que suba.
Sube Juanillo, le enseña de los mulos para abajo, le da el anillo y se va. Y vuelve al día siguiente, toca a la puerta y sale la moza.
- ¿Qué quiere usted?
- Yo vendo anillos.
- Tiene mi señorita el mejor anillo que pueda haber.
- Como éste no. Mire. Es el más bonito del mundo. Tome y enséñeselo a su señorita.
- ¡Ay, señorita, qué anillo!
- Ya no quiero más anillos, que ya tengo.
- Señorita, como éste no. Mírelo usted.
- Dile que cuánto quiere por él.
- Dile a tu señorita que con verla en camisón de noche de bodas se lo doy.
Sube la moza arriba y le dice:
- Señorita, dice que con verla a usted en camisón de noche de bodas se lo da.
- ¡Uf, uf, uf! En cualquier día, que me voy a casar.
- Señorita, usted qué va a perder. Se lo enseña, se va y no viene más.
- Bueno, dile que suba.
Se pone en camisón. El camisón tenía las iniciales escritas y Juanillo le pegó un tirón y se lo quitó. Volvió a su casa haciéndose el tonto y la madre le decía al padre:
- ¡Ay, que Juanillo ha venido y esta noche es la petición de los compadres! ¡Qué vergüenza!
- Qué le vamos a hacer. Lo llevaremos.
Le ponen guapo y le advierten:
- Juanillo, no vayas a pedir sopas en casa del compadre.
- No, mama, no pido.
Llegan a casa de los compadres y decía Juanillo, tirado por el suelo:
- Mama, opas, más opas.
Había allí un montón de amigos y familiares y le dicen:
- Juanillo, cuenta tú tu historia.
Se levanta y los padres al verlo se marearon.
- Mira, yo compré tres perros. Uno me costó mil pesetas, otro mil quinientas, otro dos mil quinientas. Fui a cazar y entonces vi un conejo y le eché el perro de mil pesetas. Sólo le pudo coger de la rodilla para abajo. Le eché el perro de mil quinientas y lo cogió de los muslos para abajo. Le eché el de dos mil quinientas y le arrancó hasta la pelleja. Y si no me creéis, aquí la tenéis.
- Entonces les enseñó el camisón y vieron las iniciales de la novia y se quedaron todos parados.
Y dijo el novio a la novia:
- Yo ya no me caso porque tú has estado durmiendo con otro.
Ella, al ver a Juanillo tan listo, se quedó prendada y se casaron. Todos, muy contentos, siguieron la boda. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
Era un muchacho que se llamaba Juan y le decían Juanillo.
Un día le mandó la madre que le llevara al padre, que se encontraba en el campo, una olla llena de sopas. Pero a Juanillo le dio hambre por el camino y le abrió un agujero a la olla en el culo y sorbió hasta comérselas todas. Cuando llegó donde su padre le avisó para que viniera a comer. El padre tenía mucha hambre y al ver que lo llamaban para comer se puso muy contento. Pero cuando abrió la olla y no encontró nada le preguntó a Juanillo:
- Juanillo, ¿dónde están las sopas?
- Se han caído por el agujero que tiene en el culo - le contestó.
- ¡ Que se han caído...!¡ Ven acá, desgraciao, que te voy a poner morao a palos!
El padre cogió un látigo que tenía para arrear a la yunta y se lió a darle latigazos hasta que Juanillo tuvo que huir y perderse por los montes.
Como tanto anduvo, llegó a una ciudad donde había una princesa que, al verlo, se enamoró de él y más tarde se casaron.
Juanillo le contó el problema que tuvo con los padres. La princesa, al oír esto, cogió un caballo y una gran cantidad de oro y se lo dio a Juanillo para que se lo llevara a sus padres.
Juanillo se encaminó hacia su pueblo, pero en mitad del camino una banda de ladrones lo asaltaron y se llevaron todo lo que llevaba encima dejándole así en cueros. Tuvo que esperar a que llegara la noche para poder entrar en el pueblo. Una vez que anocheció entró, metiéndose en los corrales de la casa del padre. Cuando llegó la hora, el padre bajó a echarle a la burra. Y mientras le echaba le decía:
- Toma, burra, que desde que no está aquí Juanillo estás más gorda.
En aquel instante salió Juanillo y dijo:
- Padre, estoy aquí. - y salió en cueros vivos.
El padre, al verle en cueros vivos, le dijo:
- Sube y que te dé tu madre una chaqueta y unos pantalones.
La princesa, al ver que había pasado mucho tiempo y Juanillo no regresaba, decidió ir ella con dos caballos y más oro. Se encaminó hacia el pueblo de Juanillo y también le salieron los ladrones. Pero desenvainó la espada y fue matándolos a todos hasta que llegó al último. Le pidió lo que le habían quitado a Juanillo. El ladrón, después de dárselo, salió huyendo como si fuera del diablo. La princesa encontró a Juanillo y a los padres muy pobres y decidió llevárselos a todos al palacio.
Era una vez un matrimonio que vivía en un cortijo. Él se llamaba Juan; ella María. Eran bastante pobres y tenían sólo unas cuantas gallinas. Cuando ponían un huevo, María iba a venderlo al pueblo para que Juan jugara a las cartas. Pero siempre le decía a su marido:
- ¿Por qué no compramos arroz con el dinero del huevo?.
- Porque el dinero lo necesito para jugar, mujer - contestaba Juan.
Pero siempre perdía y así nunca salían de la pobreza.
Un buen día iba Jesús con sus doce apóstoles y le dice San Pedro:
- Señor: ¿dónde vamos a pasar la noche?, que ya va oscureciendo.
- En el cortijo de Juan, que nos dejará entrar - contestó Jesús.
Llegaron a la puerta del cortijo y tocó el Señor la puerta. Abrió Juan y el Señor le dice:
- ¿Podemos pasar esta noche aquí?
- Eso ni se pregunta, buen hombre- contesta Juan - Entren todos.
Una vez dentro, vio Juan que Jesús (¡pero él qué iba a saber quien era!) estaba descalzo y le dio sus alpargatas. Había sólo una silla en la habitación y se sentó San Pedro. Al verlo, Juan le hizo levantar para que se sentara el Señor, que parecía mayor. Llegó la hora de cenar y cenaban siempre un mendrugo de pan y una olla que no tenía casi nada para ellos dos. María tenía apuro de sacar tan poco y le dijo a Juan:
- Cómo voy a poner la mesa, si no hay comida ni para nosotros.
- Tú ponla. Si no tocamos a una cuchará, tocaremos a media.
Puso la mesa y Juan animaba a que comieran primero ellos. Empezó Jesús a partir los trozos de pan y aquello no tenía fin... Y la olla no se acababa... María adivinó quién era y se lo dijo a Juan. Pero éste no la creyó.
Llegó la hora de acostarse y Juan le ofreció su cama al buen hombre. Pero Jesús no aceptó, y se acostó en la cuadra, con los doce apóstoles. María, como era tan curiosa, se levantó a media noche a ver cómo dormían los invitados. Y vio al buen hombre acostado en los maderos, en forma de cruz. Fue corriendo a decírselo a Juan. Pero éste no la creyó.
- No digas bobadas, María. ¿Cómo se va a acostar en la cruz, con lo dura que está?
A la mañana siguiente se despiden de Juan y María y le dice el Señor:
- Juan: pídeme tres deseos, que los tienes concedidos.
- ¿Qué me va a dar usted a mí, buen hombre, si va descalzo y comido de miseria?
Pero tanto insistió Jesús que Juan pidió:
- Mire: tengo un cerezo en la puerta y en la noche de San Juan me lo hacen polvo los mozos. Quiero que, cuando se suban, no puedan bajarse sin mi permiso. - Quedó pensando qué más podía pedir y al rato continuó - Otro deseo que tengo es que cuando juegue, lo gane todo. Y el último, que cuando me muera me echen la baraja a la caja.
Con que se fueron y llegó el día de San Juan. Los mozos se fueron al cerezo de Juan, a coger los ramos de cerezas. Subieron, cargaron los brazos y, cuando quisieron bajar, no pudieron. A la mañana allí los encontró Juan.
- María, - gritó - dame la escopeta que hay mozos en el cerezo.
- No tire usted, señor Juan, que le prometemos que aunque se hagan de oro las cerezas, no volveremos más.
- Bajad del cerezo.
Bajaron y no volvieron nunca más.
A los pocos días una gallina puso un huevo. Con el dinero de la venta, fue Juan a jugar al pueblo. Ganó todo lo que quiso y no se lo podía creer. ¡Menuda alegría recibió María! Pudieron comprar todo lo que quisieron. Ya nunca más pasaron hambre.
Pero como a todos nos llega la hora, también le llegó a Juan. Se murió y le echaron la baraja. Con ella llegó hasta las puertas del infierno y le dijeron que él no era para allí. Ya se iba, cuando oyó dentro las voces de los doce que iban con el Señor que le concedió los tres deseos. Y le dijo al jefe de los demonios:
- Te echo una mano. Si gano me llevo a esos doce y si no, me quedo aquí para siempre.
Aceptó el diablo, pero como Juan era ganador siempre, porque había sido su tercer deseo, le ganó al diablo y se llevó con él a los doce apóstoles, a la Gloria.