- Señorita, ¿la espulgo?
- Yo no tengo piojos.
Lo contó su madre Virtudes Mingorance, 48 años.
Yegen.
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En un lejano país había un gigante que todos conocían con el nombre de Pepe. Tenía atemorizada a toda la gente de aquella comarca, porque todo lo hacía polvo.
Érase una vez que un matrimonio tenía dos hijos, niño y niña, que se llamaban Periquito y Mariquita. Los padres eran trabajadores del campo.
Érase una vez una madre que tenía un niño y una niña. Al niño lo mandó a por leña y a la niña a por levadura. Y les dijo:
- Al que primero llegue le regalo una cosa.
Vino primero el niño y le dijo a la madre que tenía sueño. La madre le dijo que se acostara en la cama. El niño le respondió que no y se fue a acostar en la artesa.
Cuando estaba dormido fue la madre y lo mató y lo puso en una olla a hervir.
Entonces llegó Mariquita y dijo:
- ¿Dónde está mi Periquito?
Su madre le contestó que no había vuelto todavía y que no destapase la olla, que se quemaría. Pero la niña no hizo caso, destapó la olla y allí estaba hirviendo Periquito.
Cuando el niño estuvo cocido, su padre y su madre se lo comieron y le decían a la niña que si no comía. Ella decía que no y todos los huesos que iban tirando los sembró a la orilla del mar.
A los dos días asomó Periquito, cantando, y traía una caja de bombones y caramelos. Y le dijo su padre:
- Dame, Periquito.
- ¡No, que me comiste!
Y le dijo su madre:
- Dame, Periquito.
-¡No, que me mataste!
Y le dice su hermana:
- Dame, Periquito.
- Para ti sí, Mariquita hermosa, que me sembraste.
Érase una vez una madre que tenía dos hijos. Se llamaban Periquito y Mariquita.
Un día Periquito dijo:
- Madre, tengo sueño.
- Acuéstate en la cama de tu padre – le contestó la madre.
- No, que tiene piojos.
- Pues en mi cama.
- No, que tiene pulgas.
-¡Pues acuéstate en la sartén!
- Ahí sí.
Y su madre lo mató con el cuchillo y lo puso a freír. Y le dijo a Mariquita:
- Llévale de comer a tu padre.
Por el camino, Mariquita se encontró con una viejecita que llevaba un perro y le preguntó:
- ¿Por qué lloras, niña?
- Porque mi madre ha matado a mi hermano y se lo ha dado de comer a mi padre.
- No llores. Dile a tu padre que te dé los huesos para mi perro.
Mariquita los sembró y nació un árbol. En lo alto del árbol estaba Periquito.
Llegó su padre y le dijo:
- Periquito, dame manzanas.
- No, que me comiste.
Llegó su madre:
- Periquito, dame peras.
- No, que me mataste.
Su hermana:
- Periquito, dame cerezas.
- Para ti todas, que tú me sembraste.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. El que no lo haya entendido, el culo tiene pegado.