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sábado, 29 de noviembre de 2008

PALOMA BLANCA Y EL PRÍNCIPE ABURRIDO

Érase una vez un príncipe que tenía tantas cosas que ya no sabía ni lo que quería. Y decía que ninguna mujer del mundo le gustaba.
Un día encontró a una bruja y ésta le preguntó qué era lo que le pasaba, por qué estaba tan triste. Le contó su problema y la bruja le dio tres naranjas y le dijo:
- Cuando veas una fuente, abres una naranja y tendrás mujer a tu gusto.
El príncipe fue camino de una fuente. Se encontró un charco de agua sucia, de pasar animales. Pero pensó que daría igual que si fuese una fuente. Así que abrió una de las naranjas. No salió nada y se quedó sin naranja. Siguió caminando y se encontró otro charco. Abrió otra naranja y se volvió a quedar sin dama y sin naranja. Entonces se hizo el propósito de no abrir la última naranja hasta que no encontrar una fuente con tres caños. Siguió camina que te camina hasta que encontró la fuente a su gusto. Abrió la naranja y empezó a brillar el sol en el agua: y vio a la mujer de sus sueños. El príncipe la quería tanto que no sabía qué hacer, de tanto que la quería. Se la llevó al palacio y se casó con ella.
Tenía en palacio una moza que era negra y tomó tantos celos de la felicidad del príncipe que quería vengarse. Un día la mandaron a por agua a la fuente y, de rabia que le entró, rompió el cántaro contra la piedra, a porrazos.
Pasó el tiempo y el príncipe tuvo que marchar a la guerra y la mujer se quedó con la moza. Cuando quedaron solas, ésta le dijo:
- Señorita, ¿la espulgo?
- Yo no tengo piojos.
Pero, por hacerle ese gusto, se sentó y la moza empezó a espulgarla. En un momento la moza le clavó a la princesa un alfiler en la cabeza y se convirtió en una paloma muy bonica. Y echó a volar.
Al poco vino el príncipe preguntando por su esposa. La moza le contestó que ella no sabía nada. Y se fue, muy triste, a sentarse al jardín, para pensar en los días felices que pasó con ella. Y una paloma blanca se le posó en las piernas y se le quedó mirando. Si más la miraba, más se le quitaba la pena. La paloma le acariciaba con las alas y él dejaba de estar triste.
Pero otra vez tuvo que salir el príncipe de viaje. Le dijo a la moza que cuidase de la paloma blanca como si fuese su esposa, para que no le pasara nada. La moza, tan envidiosa y mala, metió a la paloma en una tinaja de aceite para que se pusiera fea.
Volvió el príncipe y preguntó por su paloma. Al verla tan cambiada, le dio pena y se la puso entre las piernas para acariciarla. Le pasó la mano por la cabeza, para limpiarla y se encontró con el alfiler. Se lo quitó, y al momento la paloma se transformó en su mujer. Quedó maravillado. Preguntó cómo podía ser aquello. Pero la princesa no se lo contó, porque era muy buena y no quería que mataran a la moza. Sin embargo, la castigó a estarse subida en un árbol del jardín. La moza dijo que ni hablar y decidió marcharse del palacio. Y así quedaron muy felices el príncipe y su esposa.

Lo recogió Fina Requena Mingorance, 14 años.
Lo contó su madre Virtudes Mingorance, 48 años.
Yegen.

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jueves, 27 de noviembre de 2008

LA HIJA DEL REY Y EL PIOJO


Érase una vez un rey que tenía una hija. Y estaba en edad de casarla. Un día la hija del rey estaba sentada en su silla de oro, cose que te cose, y se sacó un piojo de la espalda. Se lo llevó a su padre y le propuso cuidarlo. Así lo hicieron. Y el piojo crecía cada día hasta que llegó a ser tan grande como un toro. Entonces el rey decidió matar al piojo y con sus huesos y su piel hacer una silla. Dicho y hecho. Llamó al carpintero, lo encerraron en palacio y en unas horas había hecho un hermoso sillón.
Cuando el sillón estuvo hecho, el rey mandó pregonar por su reino que el que acertase de qué estaba hecho le daría la mano de su hija. Vinieron condes, duques, marqueses, ... pero nadie daba con el enigma. Y había cerca del palacio un hombre que ponía la oreja en el suelo y oía todo lo que quería. Y se estaba riendo de todos.
Un muchacho de aquellos lugares quiso probar fortuna y le dijo a su madre:

- Madre: vende las ovejas, que voy a ir a palacio y voy a adivinar de qué está hecho el sillón de la princesa.
Y la madre, pensando que su hijo se había vuelto loco, intentó persuadirle.
- ¡Anda, hombre! ¡Qué vas a acertar tú! Si no lo han adivinado esos señores tan importantes...
Pero el muchacho no le hizo caso a su madre. Vendió las ovejas y se fue a palacio. De camino, pasó por donde el hombre que todo lo oía y le pidió consejo:
- Cuando te presentes en palacio dices que vienes a participar. Primero dices que es cualquier madera. Como no acertarás, tendrás que pagar cinco duros. Los pagas. Y luego pides otro intento y dices que es de piojo. ¿Has entendido?: de piojo.
Así lo hizo el muchacho. El primer intento dijo que era de roble. El público empezó a reírse de él. Pagó los cinco duros y luego dijo:
- Es de piojo.
La hija del rey empezó a llorar porque no quería casarse con un pastor que olía a ovejas. Entonces el rey le puso una prueba: tenía que ganar a un duque a allanar dos montañas. El que primero acabase, ese se casaba con la princesa. El duque cogió a todo su ejército y se fue para allá. En poco tiempo allanó más de la mitad. El muchacho fue a ver al hombre que todo lo escuchaba. Y éste le aconsejó:
- Coge una espuerta y una azada y vete al monte a quitar tierra. Mañana, cuando te levantes, todo estará arreglado.
Así lo hizo. Estuvo trabajando todo el día y cuando llegó la noche se fue a dormir. Aprovechando la oscuridad, el hombre que todo lo oía y un compañero suyo allanaron la montaña del muchacho y la tierra la llevaron a la montaña del duque. A la mañana siguiente el rey fue a ver a los contrincantes y se encontró con que tenía que casar a su hija con el pastor.

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EL CONCURSO DEL JARRO DE AGUA


En un país muy lejano nació un niño en el seno de una familia real, pero el recién nacido fue cambiado por otro hijo de la hermana del rey. El verdadero príncipe fue dado al jardinero, que no tenía hijos. Cuando le llegó su hora, el jardinero lo llamó y le dijo toda la verdad. Y el príncipe partió de su casa en busca de fortuna, para volver algún día a recuperar su reino.
Llegó a un lugar donde el rey prometía la mano de su hija y la mitad de su reino a quien ganara en concurso a la bruja más rápida de toda la zona. El concurso consistía en llegar corriendo a una fuente, llenar un jarro de agua y volver con ella al palacio. El príncipe decidió tomar parte en el concurso y se dispuso a ir ante el rey.
De camino, se encontró con un hombre que disparaba hacia el cielo. Y le dijo:
- ¿Qué hace usted, buen hombre?
- Tirándole a un mosquito que hay a cincuenta mil metros de altura. - le contestó.
- Pues véngase conmigo. - le dijo. Y el hombre se fue con él.

Al poco rato se encontraron con otro que iba corriendo de un sitio para otro. Y le preguntaron:
- ¿Qué hace usted, corriendo de esa manera?
- Entrenándome para que nunca me pueda ganar a correr el viento.
Y le dijeron si quería unirse a ellos y aceptó.
Estuvieron andando un buen rato más y llegaron hasta un río donde había dos hombres: uno estaba soplando como el viento y el otro bebiéndose el agua del río. Les preguntaron qué hacían y les contestaron que uno estaba dando viento a unos molinos que había al otro lado del río y el otro bebiéndose todo el agua. El príncipe les invitó a irse con ellos y aceptaron.
Llegaron a las afueras de la ciudad y se encontraron con un hombre que tenía la oreja pegada al suelo. Le preguntó el príncipe que qué hacía y le contestó que estaba oyendo la misa mayor de Roma. También le invitó a irse con él y se unió al grupo.
Por fin llegó el día del concurso y a la salida del sol el rey dio la señal de partida. De contao que la bruja dejó perdido al príncipe. Pero, a las afueras de la ciudad, el príncipe dio el jarro al hombre que corría más que el viento. Al poco rato adelantó a la bruja, llegó a la fuente, llenó el jarro y volvió por el mismo camino. De regreso, se cruzó otra vez con la bruja, que le dijo:
- Buen muchacho, me has ganado y quisiera hacerte un regalo. Toma este anillo y no te lo quites nunca.
Pero nada más ponérselo se quedó profundamente dormido, porque el anillo estaba encantado. Por suerte, el hombre que oía la misa de Roma lo había escuchado todo y se lo contó al príncipe. Este le ordenó al que disparaba tan bien que hiciera blanco en el anillo. Así lo hizo: rompió el anillo y se despertó de su sueño el hombre veloz. Cuando se dio cuenta de lo ocurrido, se puso a correr con más fuerza que nunca, para alcanzar a la bruja. Al mismo tiempo, se escondieron en el camino el hombre que soplaba y el que se había bebido el río. Cuando pasó la bruja, uno sopló como el huracán y otro echó todo el agua que tenía dentro. Así la bruja no pudo continuar y al poco rato llegó el que corría tanto, le quitó el jarro de agua y siguió hacia la ciudad. Al llegar a las afueras, se lo entregó al príncipe y se fue ante el rey.
El rey lo proclamó ganador, le dio la mano de su hija y la mitad de su fortuna. El príncipe le dijo entonces quién era y que tenía que regresar a su país, a recuperar lo suyo. El rey le dio su bendición y partió con sus cinco amigos.
Cuando llegaron, supo que su padre había muerto y que reinaba su tía. Obligaron a la tía a decir la verdad y el príncipe fue proclamado rey.

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EL SOLDADO BUENO


Érase una vez un soldado muy bueno, muy bueno. Tan bueno era que sus compañeros lo tenían por tonto. Y había en palacio un caballo salvaje que ya había matado a todos los que quisieron montarlo. Todos lo temían. Un día quisieron reírse de Juan soldado y le trajeron el caballo y le invitaron a dar un paseo. Juan montó con mucha fatiga y le vieron partir como un rayo. Todos pensaban que no volverían a verlo, que volvería el caballo solo, como en las demás ocasiones. Pero, al cabo de un rato, regresaron caballo y caballero y todos quedaron admirados al ver que el animal se arrodillaba para que Juan soldado se bajara.
La noticia llegó a oídos del rey, que mandó llamar a Juan soldado y le dijo:
- Pide lo que quieras, que lo tienes concedido.
Entonces Juan soldado le pidió la mano de su hija. El rey le contestó que para eso antes tenía que traer la sortija de desposada, que estaba en el fondo del mar. Juan soldado comprendió que eso era imposible para él y marchó, muy entristecido, a ver a su caballo.
Al verlo, el caballo le habló:
- No te preocupes, amigo mío. Eso lo arreglaremos. Mátame y pícame en trocitos. Luego me echas al mar.
Juan soldado así lo hizo y vio cómo todos los trocitos se su amigo el caballo se repartieron por el mar. Desde aquel día iba Juan todos los días a la playa a esperar su regreso. Y un día, una ola muy grande le puso a sus pies la sortija de la princesa. Se la llevó al rey y dispusieron las bodas al instante.
Por la noche Juan fue a ver a su amigo a las caballerizas del rey, pensando que ya estaría allí. Se fue a la cama muy triste y, ya de madrugada, le despertaron unos fuertes golpes en la puerta. Y oyó una voz que decía:
- Vive tranquilo, Juan. Yo soy el alma del muerto que te encontraste en el camino y ayudaste a enterrar para que no se lo comieran los cuervos. Y ahora ya descanso en paz.
Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

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LA FUENTECITA DE ORO


Érase una familia muy pobre que tenía tres hijas. Cierto día los padres se fueron al bosque a por leña para amasar pan y las hijas se quedaron en casa. Hablando, hablando, la mayor dijo que le gustaría casarse con un panadero para, así, poder comer pan todos los días. La mediana dijo que con un cocinero, porque así podría comer bien todos los días. La pequeña, por último, dijo que le gustaría casarse con un príncipe, porque así tendría un hijo como el sol y una hija como la luna.
Dio la casualidad de que el príncipe escuchó la conversación e inmediatamente se prepararon las bodas y cada hermana se casó con el que deseaba.
Pasó el tiempo y la hermana pequeña se quedó en estado. El príncipe tuvo que partir a una guerra que había surgido al otro extremo de su reino y quedó a su mujer al cuidado de sus hermanas. No sabía que éstas la envidiaban y habían decidió deshacerse de ella.
Al poco tiempo la reina dio a luz un hijo tan hermoso como el sol. Sus hermanas lo cogieron y lo llevaron a un molinero que vivía en el río del bosque. Al volver el rey le dijeron que su mujer había tenido un perro.
Poco después la reina volvió a quedar en estado y el rey tuvo que partir de nuevo a la guerra, que por aquel tiempo eran muy frecuentes. La reina dio a luz una hija tan hermosa como la misma luna. Pero sus hermanas la llevaron al molinero. Cuando volvió el rey le dijeron que su mujer había tenido una gato.
Tuvo que marchar una vez más el rey a otra guerra. Su mujer tuvo otro hijo, y las hermanas mayores lo llevaron al jardinero. Al rey le dijeron que había tenido un mono. El rey, muy afligido, hizo encerrar a su mujer en la torre del castillo.
Pasaron los años y los hijos crecieron. Un día pasó por el palacio una viejecita y quiso enterarse del motivo por el que estaba castigada la reina. Esta se lo contó todo y la viejecita le dijo que sus hijos vivían en el bosque, con el molinero. Le dijo que los mandara ir en busca del árbol que cantaba, la fuente que manaba oro, y el pepino lleno de perlas y diamantes. Que cuando lo tuvieran se lo sirvieran al rey en un banquete. Sólo así se volvería a reunir de nuevo toda la familia. Pero le hizo una advertencia: que cuando fueran a por el árbol, la fuente y el pepino y escucharan las palabras: "no llegues", que no mirasen hacia atrás, porque si miraban hacia atrás no llegarían.
Con que la reina se puso en contacto con los hijos. Y partió el primero en busca del árbol, la fuente y el pepino. Pero al escuchar las palabras: "no llegues", miró hacia atrás y no llegó. Fue la hija y al escuchar las palabras, miró y tampoco pudo llegar. Entonces fue el más pequeño, no miró hacia atrás y llegó. Cogió una rama del árbol que cantaba, una jarra de agua de la fuente de oro y un pepino lleno de perlas y diamantes. Volvió a su casa y le dijo a su madre adoptiva que preparase un banquete para invitar al rey. La madre le dijo que eran muy pobres, que cómo iban a atreverse a invitar al rey. Pero el muchacho insistió tanto que la mujer no tuvo más remedio que preparar unas patatas asadas (lo mejor que había en la casa) , e invitar al rey.
El rey comió patatas y luego el hijo pequeño le puso el pepino lleno de oro y perlas. En el mismo momento que el rey lo abrió salió el oro y las perlas, todo se iluminó y el árbol se puso a cantar, la fuente a manar oro. Y un pajarillo se posó en su hombro diciendo: "¿ te extraña ?". A lo que él contestó: "sí, me extraña". Y entonces el pajarillo: "pues no debía extrañarte: estás comiendo con tus tres hijos". El rey se puso loco de contento y se los llevó al palacio. Sacó a su mujer de la torre y vivieron todos felices. Comieron perdices y a mi no me dieron porque no quise.

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PAVÍ, PAVÍ


Érase una vez una princesa a la que se le había muerto la madre y su padre se había casado con otra mujer. La madrastra era muy mala. A causa de esto, la princesa se marchó de casa y se fue a las montañas.
Caminando por esos montes se encontró con una pastora y le dijo la princesa:
- Señora, véndame usted esas ropas.
Y la pastora le contestó:
- ¡Cómo se va a poner usted esta ropa con lo guapa que está con lo que lleva!
Pero tanto insistió la princesa que la pastora aceptó. Se puso sus ropas y se fue al palacio del príncipe Tránsito. Tocó a la puerta y salió la reina.
- Señora: ¿quiere usted que le cuide los pavos? - preguntó la pastora (que en realidad era princesa)
La reina contestó:
- No hace falta. Están acostumbrados a estar en el corral.

Después de estar hablando un rato las dos, la pastora convenció a la reina y como pago le daría sólo la comida.
El primer día que fue a guardarlos llevaba quince pavos. Cuando estuvo en el campo, se quitó sus vestidos de pastora y se puso los de princesa. Y decía:
- Paví, paví, paví, si Tránsito me viera se enamoraría de mí. Sí, sí, sí.
Y se le murieron dos pavos.
Cuando llegó al palacio, salió la reina a su encuentro. Y la pastora le dijo que se le habían muerto dos pavos.
- No pasa nada - le contestó la reina - Pero mañana ten más cuidado.
Al día siguiente se repitió lo del día anterior, pero en vez de morirse dos se murieron cinco. Volvió al palacio y la reina le dijo lo mismo. Pero luego mandó llamar a su hijo en privado y le encargó que espiara a la pastora para ver qué era lo que hacía con los pavos.
Con que al otro día salió detrás de ella sin que lo viera. La pastora llegó al campo y se cambió los vestidos. Se murieron dos pavos. Y Tránsito, que estaba detrás de una retama, se puso enfermo de verla tan guapa. Se fue corriendo a su casa y le dijo a su madre que mandara a la pastora que le subiera la comida. Pero la madre le dijo que ni hablar, que estaba sucia, llena de piojos, pulgas...
- Pues si no me da de comer la pastora, no como - protestó Tránsito.
Así que su madre no tuvo más remedio que llamar a la pastora. Y, cuando le subió la comida, el príncipe le preguntó:
- ¿Por qué no te vistes como cuando cuidas los pavos?
Ella contestó que cuando cuidaba los pavos no se vestía de ninguna manera. Pero Tránsito le dijo que la había visto. Entonces se puso su ropa de princesa. Tránsito llamó a su madre y quedó asombrada al ver a la pastora tan guapa.
- Con lo guapa que eres ¿por qué estás cuidando pavos? - preguntó.
Ella les contó su historia. La madre de Tránsito dijo que se casara con su hijo. Así lo hicieron y vivieron todos felices y contentos.

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EL PADRE Y LA HIJA


Érase una vez un padre que tenía una hija. La madrastra la trataba muy mal y siempre que venía el padre le hablaba mal de ella. Un día le dijo que ya no la aguantaba más y le mandó que se deshiciese de ella: que la llevase al monte, que le sacase los ojos y que la dejase allí desnuda. Y el padre no tuvo más remedio que hacerlo. Buscó una cueva y allí la dejó, desnuda y sin ojos. La pobre niña sólo le dijo a su padre una cosa:
- Me has abandonado por culpa de una mala mujer. Sólo le pido a Dios que te claves una espina y nadie te la pueda sacar excepto yo.
Pasaron muchos días y ya estaba muerta de hambre y frío cuando acertó a pasar por allí un perro que la olfateó y entró en la cueva. El perro era de unos bandoleros que se habían ocultado en el monte. Desde aquel día toda la comida que daban al animal, éste se lo llevaba a la muchacha. Así que el perro estaba cada vez más seco. Los ladrones decidieron averiguar qué pasaba y un día lo siguieron hasta la cueva y encontraron a la niña. El capitán se enamoró de ella y se la llevó a vivir con ellos. Con el tiempo el capitán se casó con ella y tuvieron dos mellizos. Un día salió la niña con sus mellizos a por agua al río y, como estaba ciega, uno se le perdió. Una vieja que la oyó llorar se le presentó y le preguntó qué le pasaba. Ella le explicó que era ciega y que se le había perdido un hijo. La vieja le dijo que no se preocupase que pronto podría ver y podría cuidarlos.
Aquella misma noche llegó a su puerta un pobre viejo que iba pidiendo que le sacasen la espina que tenía clavada. La niña comprendió entonces que aquel era su padre, aunque él no la había reconocido, por tanto tiempo como había pasado. Le ofreció que entrara y luego le pegó un estrujón que le sacó la espina casi sin darse cuenta. El viejo entonces comprendió que aquella mujer era su hija. La abrazó y le pidió perdón. Cuando llegaron los bandoleros, ella les explicó toda la historia y acordaron que el viejo se quedara a vivir con ellos.

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LA NIÑA Y LA VIRGEN


Érase una vez un padre que tenía cinco hijos y sólo una niña. El padre estaba todo el día fuera de casa, trabajando para dar de comer a tanta familia. Los niños aprovechaban la ausencia del padre para maltratar a la niña. Así que un día el padre decidió llevársela con él a la sierra. La dejaba en una cueva para librarla del frío y la lluvia y él se dedicaba a cortar leña.
Un día cayó una tormenta muy fuerte, con mucho viento y nieve. La niña, que apenas tenía ropa, pasó mucho frío. Entonces se le apareció una viejecita y le dijo:
- ¿Te gustaría tener un vestido de estrellas y ser dueña de la casa de las estrellas?
La niña contestó que sí y la vieja, que era la Virgen, la cogió por la cintura y se la llevó al cielo. ¡La lavaron y la vistieron que parecía un ángel! Entonces la Virgen le dio la llave de la puerta del cielo prohibido y le dijo que no la podía abrir hasta que ella no se lo dijera. Pero la niña no pudo resistir la tentación y al abrirla se escapó una estrella que le cortó el dedo corazón. Temiendo que la regañaran y la echaran al campo, se puso un dedal para disimular el dedo. Cuando volvió, la Virgen le preguntó por qué llevaba puesto el dedal. Ella contestó que había estado cosiendo y se había olvidado quitárselo. La Virgen le dijo que se lo quitase y ella dijo que estaba bien así. Y al día siguiente pasó lo mismo. Y al otro. Entonces la Virgen la mandó a la tierra: le quitó la ropa que le dio y la metió en un aljibe.
Pasaron por allí unos cazadores y el más joven de ellos la vio, la sacó y la tapó con su ropa. Cuando se presentó en su casa con ella, su madre se enfureció y le dijo que no la quería. Pero él dijo que quería recogerla, que la dejase en casa aunque tuviese que vivir en el corral con las gallinas. ¡Era tan guapa! Este cazador era el hijo de un rey y se había enamorado de la niña.
Con el tiempo, el príncipe y la niña se casaron y tuvieron un hijo. Pero vino la Virgen y se lo llevó. Tuvieron un segundo hijo. Y la Virgen también se lo llevó. Y otro más y también se lo quitó. El príncipe sospechó que era su propia mujer la que mataba a sus hijos y la mandó llevar a la Plaza Mayor para quemarla viva. Pero cuando iban a encender el fuego se le presentó la Virgen y le preguntó:
- ¿Abriste la puerta prohibida del cielo?
Ella le contestó la verdad y la Virgen le devolvió entonces a sus tres hijos. Y así vivieron felices y la niña no volvió a decir nunca más mentiras.

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ESTRELLITA DE ORO


Había una muchacha que no tenía madre y enfrente de su casa vivía una señora que tenía una hija y todos los días le decía a Mariquita que le dijese a su padre que se casase con ella. Mariquita se lo decía a su padre y éste le contestaba:
- No, que luego todo será para su hija y a ti te pegará.
Pero tanto insistió la muchacha que su padre acabó casándose con la señora aquella. Y desde aquel día mandaba a Mariquita los peores trabajos y la obligaba a cuidar los marranos.
Un día le mandó que llevase la comida a su padre, pero le advirtió que no comiera nada, porque si no la mataría. Iba la niña llorando por el camino cuando se le apareció una viejecita que le preguntó por qué lloraba.
- Porque la madrastra me ha dicho que lleve la comida a mi padre y que no coma nada.
Entonces la viejecita le dijo que comiera lo que quisiera. Ella, al principio, no quiso, pero la viejecita le aseguró que nadie se enteraría. La muchacha comió y sin embargo la comida quedó entera. Luego la viejecita le dijo:
- Cuando cante el burro, te tapas la cabeza. Cuando cante el gallo, te la destapas.
Así lo hizo y le salió una estrella de oro en la frente. Cuando llegó a su casa le preguntaron qué le había pasado y ella se lo contó todo. La madrastra mandó a su hija a lavar tripas al río. La hija dejó que el agua se llevase una tripa y se lió a llorar. Se le presentó la vieja y le preguntó que por qué lloraba.
- Porque se me ha ido una tripa y mi madre me matará.
- Toma la tripa - dijo la viejecita. Y añadió : - cuando cante el burro, te destapas la cabeza. Cuando cante el gallo, te la tapas.
Y le salió un rabo de burro en la frente y se fue llorando para su casa.
Por aquel entonces estaba el rey buscando novia e invitó a todas las solteras a un baile en el palacio. La madrastra fue con su hija al baile y a Mariquita le mandaron mucho trabajo para que no fuese. Pero se le apareció la viejecita y le preguntó:
- ¿Por qué no vas al baile?
- Porque yo no tengo ropa. Ni tiempo.
Entonces la vieja le dio con la varita mágica y le puso un vestido, unos zapatos de cristal y la metió en una carroza. La llevó a la fiesta y le dijo que a las doce en punto tenía que estar de vuelta en casa. Se puso al lado de la madrastra y de la hija, que no la reconocieron, de guapa que estaba. El rey no bailó con otra muchacha en toda la noche. Quiso saber dónde vivía, pero ella no se lo dijo.
Cuando llegaron la madrastra y la hija a casa ya estaba Mariquita allí. Y le contaron que había una joven muy guapa en el baile, que el rey sólo había bailado con ella.
- ¿No sería yo esa joven? - les contestó Mariquita.
- ¡Qué más quisieras tú que ser ella! - le contestaban con burlas.
Al día siguiente fue con un vestido con tantos peces como hay en el mar. Si el día anterior iba guapa, ahora iba más guapa todavía. El rey dio orden a su guardia de que no la dejase marchar. Pero, cuando dieron las doce, ella les echó un caldero de sal a los ojos y escapó. En la huida se le perdió un zapato de cristal y lo cogió el rey y dijo que se casaría con la muchacha a la que perteneciera el zapato. Las jóvenes se cortaban los callos de los pies para que les entrara el zapato, pero a ninguna le iba bien. Llegó a casa de la madrastra, se lo probó a su hija y no le cabía. Le preguntó el rey si no tenía otra hija. Dijo que sí, pero que nunca salía porque estaba sucia. El rey le ordenó que la hiciese salir. La madrastra llamó a Mariquita y ésta contestó:
- Espera un poco que me estoy poniendo el vestido.
Al rato volvió a llamarla.
- Espera un poco que me estoy poniendo la corona.
Al rato otra vez la llama.
- Espera que me estoy poniendo los zapatos.
Y al poco salió Mariquita con un vestido de aves. Tantas aves había como hay en el mundo. Y llevaba el zapato de cristal. El rey le probó el otro zapato y vieron que era el suyo. Dijo que le esperasen que iba a hacer los preparativos y se fue. La madrastra y la hija aprovecharon para esconder a Mariquita en la carbonera. Empapelaron el rabo de burro de la hija y cuando volvió el rey se la llevó. De camino al palacio, el perro del rey no hacía mas que decir:
- Rabo de burro en el coche y Mariquita en la leñera.

Tanto lo repitió que el rey acabó oyéndolo. Le tiró de los papeles a la hija de la madrastra y vio que tenía un rabo de burro en la frente y que no era Mariquita. El rey volvió en busca de Mariquita, la sacó de allí, hizo meter en su lugar a las dos malas mujeres y se casó con Mariquita. Y fueron muy felices y comieron perdices.

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EL HADA


Érase una viuda que tenía dos hijas. Pero todos sus mimos y preferencias eran para la mayor y los trabajos más duros para la menor.
Cierto día mandó a la menor a por agua a la fuente con una cántara. Estaba cogiendo agua cuando se le acercó una anciana y le pidió que le diera de beber. Ella, sin dudarlo, se lo dio. Entonces la anciana, que era un hada disfrazada, como premio a su bondad, le concedió el don de que, cuando hablara, salieran flores y piedras preciosas de su boca. La niña volvió a su casa y, al hablar, le salían flores y piedras preciosas. La madre se quedó asombrada y le preguntó qué le pasaba. La niña se lo contó todo. La madre mandó a su hija mayor a la fuente con una jarra de plata. Cuando estaba sacando agua se le acercó la anciana y le pidió de beber. Ella le contestó de mala manera que si quería agua se la cogiese ella misma. El hada, al ver su mala contestación, le dio la desgracia de que, cuando hablase, le salieran por la boca serpientes y toda clase de reptiles. Al llegar a su casa y ver la madre lo que pasaba, culpó a la pequeña y mandó a su marido que se la llevase al bosque.
Estaba en el bosque, llora que te llora, cuando acertó a pasar por allí un príncipe, que le preguntó qué le pasaba. Ella le contó su historia. El príncipe le propuso que se fuera con él a palacio y que se casaran. La niña aceptó y se fue con él muy feliz.
Al poco tiempo de estar casados supo que su madre había muerto y que su hermana vivía encerrada y sola, pues nadie resistía el espectáculo de estar a su lado.

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LA NIÑA Y EL POZO


Érase una vez una mujer que tenía dos niñas: una se llamaba María y otra Ana. Pero la madre no quería mucho a Ana.
Un día les dijo:
- Voy a comprar al mercado. Cuando vuelva quiero que hayáis terminado todas las faenas de la casa.
María se puso a arreglarse y mirarse al espejo y Ana, en cambio, barrió, planchó, cosió,... Pero, cuando sintieron venir a su madre, María salió corriendo a decirle que Ana no había hecho nada, que se había pasado el tiempo mirándose en el espejo y que le había tocado a ella hacer todo. La madre se lo creyó, porque a María la quería mucho, y, muy enfadada, le mandó a Ana que fuese a por agua al pozo, con el cántaro más grande que había en la casa. Tanto pesaba que, cuando fue a sacar el agua, se le cayó y Ana se tiró a por él. Pero cuando lo tuvo en las manos, no podía salir. Y unos árboles que la vieron allá dentro le dijeron que si les hacía una buena comida, y les gustaba, que la sacarían. La niña les hizo una comida muy buena y tanto les gustó que no sólo la sacaron sino que, además, le dieron joyas y adornos muy bonitos.
Cuando Ana llegó a casa, su madre y su hermana le preguntaron cómo había conseguido todo aquello. Ana se lo contó todo y la madre mandó ir a María, porque la quería mucho y quería que los árboles le dieran también a ella joyas y cosas bonitas. Cuando llegó al pozo, dejó caer el cántaro y se tiró a por él. Entonces los árboles le dijeron lo mismo que a Ana. Pero María no sabía hacer comida y la dejaron en el pozo.

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miércoles, 26 de noviembre de 2008

LOS TRES HERMANOS

Érase una vez una familia muy pobre que tenía tres hijos. Como eran tan pobres no tenían ni para comer, así que fueron mandando a sus hijos a buscar fortuna. El primer hermano salió y fue por un camino hasta que llegó a un cruce. Tomó por la derecha y al cabo de algún tiempo se encontró con un pajarillo que se había caído del nido. Lo cogió con suavidad y lo subió a su árbol. Entonces el pájaro le dijo:
- Por tu buen corazón voy a darte un obsequio: toma uno de los huevos que hay en el nido. Con él podrás saber dónde está la persona que tú quieras. Ahora sigue tu camino y en el primer pueblo que encuentres te quedas siete días.
El padre envió al segundo hijo. Llegó al cruce y echó por el camino del medio. Llevaba ya algún tiempo caminando cuando vio cómo se le caía un cofrecillo a un pobre anciano que iba montado en su burro. El lo recogió y se lo llevó al viejo. Este le dijo:
- Por tu buen corazón te voy a obsequiar con el cofre. No guarda nada dentro, pero es muy valioso, pues todo el que se meta dentro puede ser transportado a donde desee. Sigue tu camino y en el primer pueblo que te encuentres te quedas siete días.
El padre envió al tercer hijo. Llegó también al cruce de caminos y decidió ir por el de la izquierda. Al cabo de cierto tiempo se encontró una anciana que estaba siendo atacada por los lobos. Corrió sin dudarlo hacia ella y ahuyentó a las bestias. La anciana se levantó y le dijo:
- Por tu buen corazón te voy a obsequiar con esta espada. Con ella serás invencible. Sigue tu camino y en el primer pueblo que encuentres te quedas siete días.
Siguió su camino y al llegar al pueblo se encontró con sus hermanos. Se contaron su aventura y decidieron quedarse a cumplir los siete días con el último que había llegado.
Apenas se había cumplido el plazo de los siete días cuando el rey hizo público un bando en el que se decía que el que liberase a su hija de las garras del dragón le concedería su mano. Los tres hermanos decidieron ir a rescatarla. El del huevo averiguó que estaba en una isla. El del cofre los trasladó a todos hasta allí. Y el de la espada derrotó al dragón y liberó a la princesa. Cuando estuvieron ante el rey, éste preguntó cuál de ellos había liberado realmente a su hija. Los tres hermanos se disputaban la hazaña. La princesa cortó la discusión decidiendo que se casaría con los tres.
LLamaron a los padres a palacio y vivieron todos felices el resto de sus días. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

Lo recogió Benito Lupiañez Romera, 17 años.
Lo contó su madre Elena Romera,43 años.
Albondón.

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PERIQUITO TRAGAPEPES

En un lejano país había un gigante que todos conocían con el nombre de Pepe. Tenía atemorizada a toda la gente de aquella comarca, porque todo lo hacía polvo.

Un día un muchacho que era muy valiente se presentó ante el rey y le dijo que él podía derribar al gigante. El rey se rió de él. Pero el muchacho llenó sus alforjas de comida y se fue.
Empezó a caminar y cuando ya estaba cansado y con hambre se sentó al lado del camino: Se puso a comer y se le acercó una viejecilla y le dijo:
- ¿No le daría a esta pobre anciana algo de tu comida?
- Sí, - contestó el muchacho - tómela toda, abuelilla. Yo puedo aguantar más tiempo.
Entonces ella, por su buen corazón, le regaló una capa que le haría invisible a todo el mundo cuando se la pusiera. El muchacho le dio la gracias y siguió su camino.
Cuando llegó a donde estaba el gigante Pepe, empezó a llamarlo. Salió y le preguntó:

- ¿Tú qué haces aquí?
- Vengo a matarte - contestó.
- ¿Tú matarme a mí? Si yo te puedo matar de un solo manotazo.
El gigante se tiró a matarlo, pero el muchacho se puso la capa y se hizo invisible. Le dio un espadazo y lo mató. Luego le cortó la cabeza para enseñársela a la gente del pueblo.
Pero la princesa no se pudo casar con el muchacho porque era muy pequeña. Entonces el rey le dio a Periquito tragapepes cien sacos de oro, cincuenta caballos y otras cosas para que su familia viviese feliz el resto de sus día.

Lo recogió Margarita Sánchez, 19 años.
Lo contó Isabel Archilla, 38 años.
Órgiva.

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PERIQUITO TRAGAPEPES

Hace ya muchos siglos, en un lejano país, vivía un pobre labrador que tenía un hijo llamado Periquito. Cerca de su casa vivía también un gigante llamado Pepe, que abultaba lo de tres hombres y robaba cuantos bueyes y ovejas encontraba para saciar su apetito. Toda la gente de la comarca estaba atemorizada.
Una noche, sin que su padre lo viera, Periquito salió de su casa en busca de la gruta del gigante dispuesto a acabar con él. Cuando estuvo ante la gruta hizo un gran hoyo, lo cubrió con troncos y ramas para disimularla y tocó con fuerza un cuerno de caza que llevaba. Al oírlo, el gigante salió:
- ¿Quién ha osado acercarse a mi gruta? - vociferó sin darse cuenta de la presencia del niño.
- Yo. He sido yo, que vengo a matarte.
- Tú... - el gigante rió - Está bien, pequeño. Me servirás de cena, aliñado con unos cuantos melones.
- Antes tendrás que alcanzarme - replicó Periquito, echando a correr.
El gigante dio un enorme paso y cayó en el hoyo. Entonces Periquito enarboló su hacha y le cortó la cabeza. Regresó al pueblo con ella y toda la gente lo aclamaba como héroe y le regalaron una espada poderosísima (que se decía que había sido del Conde de Rabadilla) y le dieron el título honorífico de Periquito Tragapepes.
Mas poco duró la alegría en la comarca, pues un pariente del gigante Pepe, al enterarse de lo ocurrido, decidió vengarse y raptó a la hija del rey.
Periquito tomó su espada y, al amanecer, salió en busca del gigante. Anduvo durante mucho tiempo y, cuando sintió hambre, se paró al borde del camino y sacó su pan y su tocino. Entonces se le acercó una viejecita y le dijo:
- Hijo: ¿no le darías un poco de pan a esta anciana que lleva varios días sin abrir la boca más que para bostezar?
- Pues claro que sí - contestó Periquito - Toma mi comida, abuela. Yo puedo aguantar más tiempo sin comer.
- Gracias, hijo. Por tu buen corazón te voy a regalar esta capa mágica que te hará invisible a todo el mundo cuando te la pongas.

Poco tiempo después llegó ante la gruta del gigante y comenzó a dar grandes voces:
- ¡Socorro! ¡Auxilio! Ayudad a este pobre caminante que se ha perdido en la noche.
El gigante al oír las voces salió pensando que ya tenía resuelta la cena.
- Pasa, pequeño. Aquí encontrarás cuanto desees. Dormirás hasta mañana y continuarás tu camino.
Le hizo entrar y le dio una cama para que pasara la noche. Pero, cuando Periquito quedó a solas, se puso la capa y salió a recorrer todos los aposentos hasta que encontró la habitación donde estaba encerrada la princesa. Hizo una señal en la puerta para acordarse y luego fue en busca del dormitorio del gigante. Se acercó a él mientras dormía con grandes ronquidos y le clavó la espada en el corazón. Luego rescató a la princesa y se la llevó al rey.
Como Periquito Tragapepes era muy pequeño no pudo casarse con la princesa, pero a cambio el rey le dio cien sacos llenos de oro, cien vacas, cincuenta caballos y un peón de plata maciza. Y así vivieron felices Periquito Tragapepes y su familia.

Lo recogió José Vicente Castro López, 17 años.
Pórtugos.

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EL ENANO SALTARÍN

Érase una vez un molinero que tenía una hija que no sabía hacer absolutamente nada. Un día el molinero se atrevió a decirle al rey que su hija hilaba oro y el rey le dijo que la trajera a palacio para demostrárselo. Metieron a la niña en una habitación enorme llena de lino y le dijeron que como no supiera hilar oro le cortarían la cabeza. La niña empezó a llorar, venga a llorar. Y en esto que se le apareció un duendecillo que le dijo:
- No llores. Yo te hilo toda la habitación con la condición de que me des a tu primer hijo.
Ella dijo que sí y cuando volvió el rey ya estaba todo hilado. En premio la casó con el príncipe.
Con que ya llevaban algún tiempo casados cuando la niña tuvo un hijo y vino el duende a pedírselo. Ella se negó a dárselo y él le dijo que la perdonaría sólo si adivinaba cómo se llamaba. Y le dio un plazo de tres días. Pasaron dos días y no lo había adivinado. Y al tercero se fue la niña al bosque. Y estando allí oyó decir:

- Mañana tendré al fin un príncipe que me sirva y de principio a fin nadie sabrá que me llaman "el enano saltarín".
Al día siguiente se presentó el duende y la princesa le dijo:
- Te llamas Perico.
- ¡ No !¡ Ja, ja, ja! - rió el duende pensando que no lo acertaría.
- Te llamas Bonifacio.
- ¡ No !¡ Ja, ja, ja!
- Pues entonces te llamas "el enano saltarín".
- ¡Ah, sí. Lo has adivinado! - y huyó corriendo al bosque.
Así la princesa vivió feliz el resto de sus días sin separarse de su hijo.

Lo recogió Pedro Blanco de la Torre, 19 años.
Lo contó Fernando Carmona, 67 años.
Órgiva.

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EL PRÍNCIPE ENCANTADO

Había una vez unos novios que se querían con locura. Pero para su mala suerte estalló una guerra y él tuvo que marchar a ella. En premio a su valor, una vez ganada la guerra, el rey decidió concederle la mano de su hija. Se casó con ella y llegó a olvidar a su antigua novia. Esta no hacía más que llorar. Hasta que un día, viendo que no regresaba, decidió ir a buscarlo.
Andaba sin descanso por el día y cuando llegaba la noche pedía en cualquier casa que la acogieran por caridad. Cierta noche llegó a una casa en donde no había más que una pobre mujer que no tenía nada para darle de comer. Pero le dio en cambio dos almendras muy grandes y le dijo que cuando más apurada estuviese que las partiera.
Ella continuó su camino, siempre preguntando por su novio. Por fin supo que se había casado con la hija del rey y que vivía en palacio. Tomó la decisión de ir hasta allá a pedir limosna y que la dejaran entrar a trabajar, aunque fuera de fregona. Y así fue como la recibieron en palacio. Pero se sentía muy infeliz porque no tenía la ocasión de ver al príncipe. Así que un día partió una almendra y su humilde dormitorio se llenó de joyas y vestidos bonitos. Otra criada, que la espiaba, fue a contárselo a la princesa. Al momento la princesa le dijo que pidiese lo que quisiera a cambio de aquellas joyas. Y ella pidió que le dejasen dormir una noche con el príncipe. La hija del rey no aceptó, pero su criada la convenció, asegurándole que le darían una taza de tila al príncipe y que quedaría dormido toda la noche. Y así lo hicieron. Cuando el príncipe dormía la llevaron a la pobre fregona a acostarla con él, y él no se dio cuenta de con quién había dormido. La pobre fregona se levantó llorando y se encerró en su habitación pensando cómo lograría hablar con su novio.
Se puso de acuerdo con otra criada para que le informase al príncipe y a la noche siguiente partió otra almendra y se llenó la habitación de oro. Cuando la criada de la princesa se enteró fue a contárselo a la hija del rey y quedaron en el mismo trato que la noche anterior. Pero esta vez el príncipe estaba sobre aviso y cuando le llevaron la tila la echó debajo de la cama y se hizo el dormido. Entonces llevaron a la muchacha con él y ella decía:
- ¿No te acuerdas de tu novia a la que dejaste para ir a la guerra?
El recordó todo y contestó:
- Sí que me acuerdo. Pero no pude volver a por ella...
Y ella le respondió:
- Echa la luz para que me veas.
Dio la luz y comprobó que era ella. La abrazó aquella noche y a la mañana siguiente abandonaron el palacio y regresaron a casa, donde vivieron felices.

Lo recogió Margarita Sánchez Martín, 19 años.
Lo contó Josefa Martín, 43 años.
Órgiva.

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PERIQUITO Y MARIQUITA

Érase una madre que tenía dos hijos: Periquito y Mariquita. Un día les hizo un manda’o y les dijo que al que primero llegara le daría un bollico. Los niños se fueron cada uno por su lado. Cuando Volvió Mariquita con el recado hecho le preguntó a su madre si había vuelto Periqiuito. Su madre le dijo que no y que para ella era el bollico. Pero la mandó ir a llevar la comida a su padre, que estaba en el campo y le ordenó muy severamente que no se le ocurriera destapar la olla.
Por el camino Mariquita empezó a pensar por qué su madre le habría prohibido abrir el puchero. Tanto le pudo su curiosidad que no resistió la tentación y miró dentro. Y vio arriba del todo el de’ico pino de su hermano. Mariquita empezó a llorar, venga a llorar. Y se encontró por el camino con una vieja que le preguntó:
- ¿Por qué lloras, Mariquita?
- Porque mi madre ha matado a mi Periquito y se lo ha "habia’o" a mi padre.

- Pues no llores. Tú lo que tienes que hacer cuando tu padre esté comiendo es recoger todos los huesos. Y si te dice que para qué los quieres, tú le respondes que para el perrico de la vecina. Luego los siembras y los riegas.
Cuando su padre estaba comiendo, ella iba recogiendo los huesicos. Su padre le preguntaba:
- ¿Para qué los quieres?
Y ella contestaba:
- Para el perrico de la vecina.
Cuando ya terminó su padre, enterró los huesos como le había dicho la vieja. Y todo los días iba a regarlos.
Fue creciendo una mata; cada vez se fue haciendo más grande y un día salió Periquito, cargado de frutas y flores. Entonces se presentó en su casa y su madre, al verlo, le dijo:
- Dame una manzana, Periquito.
- No, que tú me mataste.
Entonces el padre le dijo:
- Dame una pera, Periquito.
- No, que tú me comiste.
Y dijo Mariquita:
- Periquito, dame una flor.
Y dice:
-Tómalas todas que tú me lloraste, me recogiste, me sembraste y me regaste.

Lo recogió Isabel Maldonado Escudero, 16 años.
Lo contó Andrés Pérez Pérez, 73 años.
Murtas.
Publicado y comentado en

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PERIQUITO Y MARIQUITA

Érase una vez que un matrimonio tenía dos hijos, niño y niña, que se llamaban Periquito y Mariquita. Los padres eran trabajadores del campo.

Cierto día, (no estarían muy abundantes de comida), la madre determinó quitarles los piojitos a los niños y así, cuando se durmieran, le clavaría un alfiler a Periquito y lo mataría. Así lo hizo. Luego lo limpió, lo echó en la olla y se marchó a misa dejándole el encargo a Mariquita de que cuidara el fuego y que no destapara la olla. Pero la niña, llena de curiosidad, la destapó y se encontró con su hermano, subiendo y bajando según hervía la comida, como queriéndole decir: "sácame de aquí; sácame de aquí". La niña, muy triste, se retiró a llorar a su habitación.
Cuando su madre vino de misa, puso la mesa y llamó a su hija para comer. La niña dijo que estaba muy mala y no quería comer. Su madre se enfadó mucho y la castigó a llevar la comida al padre. Este también quiso que comiera la niña, pero Mariquita se negó diciendo que ya había comido. Y se entretenía recogiendo los huesos que su padre arrojaba al suelo. De vuelta, se encontró un peral muy hermoso, hizo un hoyo, sembró los huesos y se marchó llorando para su casa. Después de varios días toda la familia se fue al campo y pasaron por el peral. Se quedaron boquiabiertos al verlo lleno de peras y en las ramas más altas estaba Periquito, contemplándolos. Entonces su madre, muy contenta, le pidió una pera y Periquito le contestó:
- No, madre que me mataste.
Del mismo modo, el padre le pidió otra. Y Periquito:
- No, padre, que tú me comiste.
Y su hermanita se atrevió también a pedirle y contestó:
- Tómalas todas, que tú me sembraste.


Lo recogió Trinidad Álvarez Rodríguez, 10 años.
Lo contó su abuela Rosario Benticuaga Rodríguez, 67 años.
Lanjarón.

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PERIQUITO Y MARIQUITA

Érase una vez una madre que tenía un niño y una niña. Al niño lo mandó a por leña y a la niña a por levadura. Y les dijo:
- Al que primero llegue le regalo una cosa.
Vino primero el niño y le dijo a la madre que tenía sueño. La madre le dijo que se acostara en la cama. El niño le respondió que no y se fue a acostar en la artesa.
Cuando estaba dormido fue la madre y lo mató y lo puso en una olla a hervir.
Entonces llegó Mariquita y dijo:
- ¿Dónde está mi Periquito?
Su madre le contestó que no había vuelto todavía y que no destapase la olla, que se quemaría. Pero la niña no hizo caso, destapó la olla y allí estaba hirviendo Periquito.
Cuando el niño estuvo cocido, su padre y su madre se lo comieron y le decían a la niña que si no comía. Ella decía que no y todos los huesos que iban tirando los sembró a la orilla del mar.

A los dos días asomó Periquito, cantando, y traía una caja de bombones y caramelos. Y le dijo su padre:
- Dame, Periquito.
- ¡No, que me comiste!
Y le dijo su madre:
- Dame, Periquito.
-¡No, que me mataste!
Y le dice su hermana:
- Dame, Periquito.
- Para ti sí, Mariquita hermosa, que me sembraste.

Lo recogió Juan Vela Rodríguez, 10 años.
Turón.

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PERIQUITO Y MARIQUITA

Érase una vez una madre que tenía dos hijos. Se llamaban Periquito y Mariquita.
Un día Periquito dijo:
- Madre, tengo sueño.
- Acuéstate en la cama de tu padre – le contestó la madre.
- No, que tiene piojos.
- Pues en mi cama.
- No, que tiene pulgas.
-¡Pues acuéstate en la sartén!
- Ahí sí.
Y su madre lo mató con el cuchillo y lo puso a freír. Y le dijo a Mariquita:
- Llévale de comer a tu padre.
Por el camino, Mariquita se encontró con una viejecita que llevaba un perro y le preguntó:
- ¿Por qué lloras, niña?
- Porque mi madre ha matado a mi hermano y se lo ha dado de comer a mi padre.
- No llores. Dile a tu padre que te dé los huesos para mi perro.
Mariquita los sembró y nació un árbol. En lo alto del árbol estaba Periquito.

Llegó su padre y le dijo:
- Periquito, dame manzanas.
- No, que me comiste.
Llegó su madre:
- Periquito, dame peras.
- No, que me mataste.
Su hermana:
- Periquito, dame cerezas.
- Para ti todas, que tú me sembraste.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. El que no lo haya entendido, el culo tiene pegado.

Lo recogió Elena.
Turón.

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