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sábado, 29 de noviembre de 2008

JUAN EL DE LA GLORIA

Era una vez un matrimonio que vivía en un cortijo. Él se llamaba Juan; ella María. Eran bastante pobres y tenían sólo unas cuantas gallinas. Cuando ponían un huevo, María iba a venderlo al pueblo para que Juan jugara a las cartas. Pero siempre le decía a su marido:

- ¿Por qué no compramos arroz con el dinero del huevo?.

- Porque el dinero lo necesito para jugar, mujer - contestaba Juan.

Pero siempre perdía y así nunca salían de la pobreza.

Un buen día iba Jesús con sus doce apóstoles y le dice San Pedro:

- Señor: ¿dónde vamos a pasar la noche?, que ya va oscureciendo.

- En el cortijo de Juan, que nos dejará entrar - contestó Jesús.

Llegaron a la puerta del cortijo y tocó el Señor la puerta. Abrió Juan y el Señor le dice:

- ¿Podemos pasar esta noche aquí?

- Eso ni se pregunta, buen hombre- contesta Juan - Entren todos.

Una vez dentro, vio Juan que Jesús (¡pero él qué iba a saber quien era!) estaba descalzo y le dio sus alpargatas. Había sólo una silla en la habitación y se sentó San Pedro. Al verlo, Juan le hizo levantar para que se sentara el Señor, que parecía mayor. Llegó la hora de cenar y cenaban siempre un mendrugo de pan y una olla que no tenía casi nada para ellos dos. María tenía apuro de sacar tan poco y le dijo a Juan:

- Cómo voy a poner la mesa, si no hay comida ni para nosotros.

- Tú ponla. Si no tocamos a una cuchará, tocaremos a media.

Puso la mesa y Juan animaba a que comieran primero ellos. Empezó Jesús a partir los trozos de pan y aquello no tenía fin... Y la olla no se acababa... María adivinó quién era y se lo dijo a Juan. Pero éste no la creyó.

Llegó la hora de acostarse y Juan le ofreció su cama al buen hombre. Pero Jesús no aceptó, y se acostó en la cuadra, con los doce apóstoles. María, como era tan curiosa, se levantó a media noche a ver cómo dormían los invitados. Y vio al buen hombre acostado en los maderos, en forma de cruz. Fue corriendo a decírselo a Juan. Pero éste no la creyó.

- No digas bobadas, María. ¿Cómo se va a acostar en la cruz, con lo dura que está?

A la mañana siguiente se despiden de Juan y María y le dice el Señor:

- Juan: pídeme tres deseos, que los tienes concedidos.

- ¿Qué me va a dar usted a mí, buen hombre, si va descalzo y comido de miseria?

Pero tanto insistió Jesús que Juan pidió:

- Mire: tengo un cerezo en la puerta y en la noche de San Juan me lo hacen polvo los mozos. Quiero que, cuando se suban, no puedan bajarse sin mi permiso. - Quedó pensando qué más podía pedir y al rato continuó - Otro deseo que tengo es que cuando juegue, lo gane todo. Y el último, que cuando me muera me echen la baraja a la caja.

Con que se fueron y llegó el día de San Juan. Los mozos se fueron al cerezo de Juan, a coger los ramos de cerezas. Subieron, cargaron los brazos y, cuando quisieron bajar, no pudieron. A la mañana allí los encontró Juan.

- María, - gritó - dame la escopeta que hay mozos en el cerezo.

- No tire usted, señor Juan, que le prometemos que aunque se hagan de oro las cerezas, no volveremos más.

- Bajad del cerezo.

Bajaron y no volvieron nunca más.

A los pocos días una gallina puso un huevo. Con el dinero de la venta, fue Juan a jugar al pueblo. Ganó todo lo que quiso y no se lo podía creer. ¡Menuda alegría recibió María! Pudieron comprar todo lo que quisieron. Ya nunca más pasaron hambre.

Pero como a todos nos llega la hora, también le llegó a Juan. Se murió y le echaron la baraja. Con ella llegó hasta las puertas del infierno y le dijeron que él no era para allí. Ya se iba, cuando oyó dentro las voces de los doce que iban con el Señor que le concedió los tres deseos. Y le dijo al jefe de los demonios:

- Te echo una mano. Si gano me llevo a esos doce y si no, me quedo aquí para siempre.

Aceptó el diablo, pero como Juan era ganador siempre, porque había sido su tercer deseo, le ganó al diablo y se llevó con él a los doce apóstoles, a la Gloria.


Lo recogió Eduardo Moreno Valiente, 14 años.
Lo contó Andrés García Jiménez, 68 años.
Yegen.

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EL HERRERO (II)

Esto era un herrero que era muy pobre, pero muy creyente en Dios y muy bueno. Tenía un perro que se llamaba "Metralla" y cuando el perro se ponía al lado del yunque se le abría la boca y el herrero le decía:

- Metralla, tienes hambre. Pues yo también la tengo.

Pero un día se presentaron en el taller dos hombres con un borrico a que le pusieran una herradura. El herrero no tenía ya ni herraduras. Así que echó mano de un trozo de plata que tenía guardado como herencia de su abuelo. Aquellos dos hombres eran Jesús y San Pedro. Cuando lo ven trabajar el metal le dice el Señor:

- Maestro: eso parece un trozo de plata.

- No es que parece, - contesta el buen herrero - es que lo es.

- No vamos a tener dinero para pagarle una herradura así.

- Yo sé que ustedes son tan pobres como yo - les contestó - No me alargaré en pedir dineros.

El herrero comenzó a ponerle la herradura al animal. Pero del hambre que tenía, casi no le quedaban fuerzas para amartillar los clavos. Y se le jorobaban y tardaba un siglo en sacarlos y volver a clavarlos. Le dice al Señor(sin saber el herrero que era Dios, claro):

- Venga, amigo. Levántele la mano al burro.

Del primer golpe, clavó un calvo. Y del segundo, otro. El herrero, extrañado de su habilidad, dice:

- ¡ Pues no parece que ha puesto Dios las manos en el burro para que me salga así de bien !

San Pedro, sonriente:

- ¿Quién sabe, buen hombre­?

En diez minutos estaba listo el trabajo. Le pide el Señor lo que se debe y el herrero, tan contento de haber acabado pronto y bien, les dice que no les cobra.

- Eso no puede ser - protesta San Pedro.

- Pobres ustedes, pobre yo; no quiero nada de pobres, y nada pierdo.

No hubo manera de que dijera un precio.

- Bueno, maestro - acabó la discusión el Señor - Ya que no quiere cobrar nada, le voy a conceder un don: pida cualquier deseo, que se le cumplirá.

El herrero, por llevarle la corriente, sin hacerse ilusiones ni figurarse con quien estaba hablando, dice:

- Pues mire usted: yo tengo aquí en la fragua tan sólo una silla y quiero que toda persona que en mi silla se siente, que no se levante hasta que yo no le dé el permiso.

- Vaya tonterías que pide usted - exclamó San Pedro.

- Concedido - dice el Señor -. Pida otro deseo, que también se le cumplirá. Pero pida mejor que la otra vez.

Estuvo el herrero pensando un rato, y al fin responde:

- Tengo un peral en la puerta de la fragua y ningún año disfruto de las peras, porque se las comen. Quisiera que toda persona que se subiera al peral no se pudiera bajar hasta que yo no se lo autorizase.

- Menuda tontería... – volvió a decir San Pedro.

- Pide otro más, el último. Pero pide mejor.

Pensó y repensó el buen herrero.

- Mire: tengo una petaca muy grande y quiero que todo el que yo meta dentro de la petaca no pueda salir ni entrar mientras yo no le de permiso.

- ¡Otra tontería!...

- Concedido lo tiene, ¡ea! - dijo el Señor - Y ya nos vamos. Quede usted con Dios, y buena suerte.

A los tres días de este suceso, Metralla se le sentó al pie del yunque, abrió la boca y se murió.

- Adiós, Metralla, - le dijo el herrero - que detrás de ti iré yo. Estoy por entregarle el alma al diablo...

No había acabado de decir esto, cuando se le presenta un señorito a la puerta.

- Aquí me tienes, maestro.

- ¿Y quién es usted?

- Yo soy el diablo. Me has ofrecido tu alma y vengo a por ella.

El herrero no salía de su asombro.

- Espere un momento, que me despida de mi señora – acertó a decir al cabo de un rato.

Se metió para dentro y el diablo espera que te espera. Tanto esperar, se cansó y fue a sentarse en la única silla que había. Al rato sale el herrero y le dice que está listo. Pero el diablo, claro, no pudo levantarse. Entonces le vino al herrero el recuerdo de los dos personajes y los tres deseos que había pedido.

- Con que, ¿no te puedes levantar? Pues ahí vas a criar raíces.

- Si me levantas de la silla - le dice el diablo - te concedo veinte días de bienestar, a base de comida, puros, y siempre con dinero en el bolsillo.

Dicho y hecho. Le dio su permiso para levantarse y vivió veinte días como un marqués. Pero se le pasaron sin enterarse.

Una mañana estaba sentado a la puerta del taller y vio asomar un tropel de gente que venía hacia él. Cuando llegaron, sale uno del montón.

- Herrero - le dice - ¿No me conoces?

- Sí que te conozco. Tú eres el diablo.

- Pues venimos a por ti.

Era el tiempo en que el peral estaba de peras hasta arriba. Y dice el herrero:

- Bueno. Esperadme un minuto que voy a despedirme de mi señora. Mientras voy y vengo, probad las peras.

Ni uno quedó en tierra. Y cuando salió el herrero, por más que quisieron bajar, ninguno pudo.

- Bájanos de aquí y te prometo otros veinte días de vida a lo marqués - dijo el jefe de los diablos.

Dicho y hecho. Pero los veinte días se pasaron sin darse cuenta y volvieron a por él:

- Maestro: vámonos.

- Un minuto, que voy a despedirme de mi mujer.

- Ni hablar de eso.

Total que se fueron al instante. A los veinte minutos de camino, el herrero le dice al diablo:

- Me han dicho que el diablo se puede convertir en todo lo que quiera. ¿Es eso cierto o son habladurías de la gente?

- Es cierto - contesta el diablo - medio ofendido de que aquel mortal dudara de sus poderes.

- Pues si es verdad, ¿a que no te conviertes en hormiga?

Ni corto ni perezoso el diablo se transformó en la más pequeña de las hormigas. El herrero lo metió en la petaca y se volvió para su casa. Cuando llegó la noche se acostó y su mujer, para no perder la costumbre, se levantó a fisgar en la petaca del marido. Metió la mano y el diablo se la agarró de manera que no podía sacarla. Así estuvo, luchando toda la noche. Ya al clarear el día, viendo que no podía deshacerse de aquella trampa, llamó al marido.

- ¡Ventura! ¡Ventura! - que así se llamaba el herrero.

- ¿Qué quieres, mujer? - contesta el herrero, medio dormido.

- ¿Qué demonios tienes en la petaca, que no puedo sacar la mano?

- ¡Todos los del infierno! - contestó - Y ya pillé al ladrón que me registraba.

La mujer confesó y prometió no volver a fisgarlo. Entonces el herrero salió a la calle con la petaca, la abrió y preguntó al diablo:

- Prometes no volver nunca más por aquí.

- Nunca. Jamás. Te lo prometo. - gritó el diablo.

- Pues, con mi permiso, fuera.

El diablo se fue más que deprisa. Y el señor Ventura y su mujer vivieron como marqueses. Así pasó en verdad. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Lo recogió Jacoba García Morales, 18 años.
Lo contó José Santiago Heredia, 70 (aprox).
Sorvilán.

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EL HERRERO (I)


Había una vez en un pueblo un herrero muy pobre. Cierto día se le presentó el diablo diciéndole que se lo llevaría con él. Y le dio un plazo de doce días para que solucionara sus cosas pendientes en este mundo.

Quedó el pobre herrero muy apenado. Y estando en estas se le apareció un hada que venía acompañada de San Pedro. Le dijo que pidiera tres deseos. El herrero lo pensó y pidió:

- Quiero que todo el que se suba a mi parra no se pueda bajar hasta que yo lo diga.

San Pedro le aconsejó que pidiera el cielo. Pero el herrero ni lo escuchó y siguió:

- Quiero que todo el que se siente en mi sillón no se pueda levantar hasta que yo lo diga.

San Pedro volvió a insistir que no dejase de pedir el cielo. El herrero pidió su tercer y último deseo:

- Quiero que todo el que entre en mi casa y se mire en el espejo no se pueda mover hasta que yo lo diga.

Desaparecieron el hada y San Pedro y el herrero volvió a quedar a solas con su problema. Preparó sus cosas, se despidió de toda su familia y a los doce días cabales se le presentó el diablo en el taller. Con que ya salían, camino del infierno, cuando al herrero se le ocurre ofrecer al diablo que subiera a la parra y probara de sus uvas tintas. El diablo no lo pensó mucho y allá se fue. Se hartó de comer y cuando quiso bajar comprobó no podía. Le pidió por favor al herrero que lo bajara y éste le dijo que con la condición de que le dejase un año de plazo para volver a por él. Aceptó el diablo y bajó enfadadísimo de que aquel herrero lo hubiese engañado.

El año se pasó en un volar y cuando quiso darse cuenta ya tenía otra vez al diablo en el taller. Se iban ya cuando se acordó el herrero del sillón y se lo ofreció al diablo. No lo pensó dos veces y se dejó caer... y allí se quedó pegado. El herrero le pidió dos años más. El diablo aceptó y se fue con más cabreo que nunca.

A los dos años ya estaba otra vez el diablo reclamando al herrero. Cuando se iban le dijo el herrero que se peinase un poco, que tenía unos pelos muy revueltos. El diablo se quedó pensando si habría algún hechizo en el peine que le entregaba el herrero. Pero al ver que el herrero se peinaba con él, lo cogió, se miró al espejo... y se quedó como de piedra, sin poder mover ni un pelo del rabo. El herrero le pidió de plazo toda la vida. Y el diablo no tuvo más remedio que concedérselo.

Pasó el tiempo y le llegó su hora al buen herrero. Murió y se fue camino del infierno. A la puerta se encontró con el diablo conocido suyo que no le quiso dejar entrar porque decía que allí no había sitio para más diablos y que él era peor que todos ellos juntos. Así que se fue el herrero camino del cielo. Pero allí estaba San Pedro, que le recordó que no había querido pedir el cielo cuando el hada le concedió los tres deseos. En vista de lo cual el herrero se quitó el sombrero y lo tiró puertas adentro. Luego pidió permiso a Nuestro Señor para entrar a recogerlo. Se lo dieron y, cuando estuvo dentro, dijo que se quedaba. Y allí sigue, que no pudieron echarlo.

Lo recogió Benito Lupiáñez Romera, 17 años.
Lo contó su madre Elena Romera Fernández, 43 años.
Albodón.

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