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sábado, 29 de noviembre de 2008

EL SASTRECILLO VALIENTE

H


abía una vez un sastre que cosía en su taller y unas moscas muy pesadas le molestaban sin parar. Cansado de ellas dio un manotazo y mató siete. Se puso tan contento que se hizo un cinturón que ponía: "maté siete de un golpe". Y cuando la gente lo veía, como no sabían de qué iba, comentaban: "¡Qué valiente es el sastrecillo!".

Pasado algún tiempo llegó a la ciudad un gigante muy fuerte y muy malo que amenazaba a la gente con destruirles sus casas si no le llevaban toda la comida y el ganado que tuvieran. Y cuando se lo llevaban nunca se quedaba satisfecho. Así que la gente estaba asustada y nadie se atrevía a hacerle frente. Entonces acudieron al sastrecillo, pensando que si había matado siete de un golpe, podría librarles del gigante.

El sastrecillo no se atrevió a decirles la verdad y pensó que ya se le ocurriría algo, pues, si no era tan fuerte como el gigante, al menos sí era más inteligente. Se llenó los bolsillos de piedras y se subió a un árbol que había en el camino por donde pasaba todos los días el gigante. Al rato de esperar, vio que llegaba y le tiró una piedra a la cabeza. El gigante se volvió, sorprendido, y al no ver a nadie se quedó intrigado. El sastrecillo le tiró otra más. El gigante preguntó con gran voz: "¿Quién hay ahí?". El sastrecillo sacó la voz más ronca todavía y le contestó: "Soy un gigante más fuerte y más grande que tú, y además tengo poderes mágicos y soy invisible. Vete y no vuelvas si no quieres que te aplaste de un pisotón". El gigante salió corriendo y nunca más volvió.

Toda la gente estaba muy contenta y el rey premió al sastrecillo con la mano de la princesa.

Lo recogió Beatriz Ruiz Mediano, (¡).
Turón.

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miércoles, 26 de noviembre de 2008

PERIQUITO TRAGAPEPES

En un lejano país había un gigante que todos conocían con el nombre de Pepe. Tenía atemorizada a toda la gente de aquella comarca, porque todo lo hacía polvo.

Un día un muchacho que era muy valiente se presentó ante el rey y le dijo que él podía derribar al gigante. El rey se rió de él. Pero el muchacho llenó sus alforjas de comida y se fue.
Empezó a caminar y cuando ya estaba cansado y con hambre se sentó al lado del camino: Se puso a comer y se le acercó una viejecilla y le dijo:
- ¿No le daría a esta pobre anciana algo de tu comida?
- Sí, - contestó el muchacho - tómela toda, abuelilla. Yo puedo aguantar más tiempo.
Entonces ella, por su buen corazón, le regaló una capa que le haría invisible a todo el mundo cuando se la pusiera. El muchacho le dio la gracias y siguió su camino.
Cuando llegó a donde estaba el gigante Pepe, empezó a llamarlo. Salió y le preguntó:

- ¿Tú qué haces aquí?
- Vengo a matarte - contestó.
- ¿Tú matarme a mí? Si yo te puedo matar de un solo manotazo.
El gigante se tiró a matarlo, pero el muchacho se puso la capa y se hizo invisible. Le dio un espadazo y lo mató. Luego le cortó la cabeza para enseñársela a la gente del pueblo.
Pero la princesa no se pudo casar con el muchacho porque era muy pequeña. Entonces el rey le dio a Periquito tragapepes cien sacos de oro, cincuenta caballos y otras cosas para que su familia viviese feliz el resto de sus día.

Lo recogió Margarita Sánchez, 19 años.
Lo contó Isabel Archilla, 38 años.
Órgiva.

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PERIQUITO TRAGAPEPES

Hace ya muchos siglos, en un lejano país, vivía un pobre labrador que tenía un hijo llamado Periquito. Cerca de su casa vivía también un gigante llamado Pepe, que abultaba lo de tres hombres y robaba cuantos bueyes y ovejas encontraba para saciar su apetito. Toda la gente de la comarca estaba atemorizada.
Una noche, sin que su padre lo viera, Periquito salió de su casa en busca de la gruta del gigante dispuesto a acabar con él. Cuando estuvo ante la gruta hizo un gran hoyo, lo cubrió con troncos y ramas para disimularla y tocó con fuerza un cuerno de caza que llevaba. Al oírlo, el gigante salió:
- ¿Quién ha osado acercarse a mi gruta? - vociferó sin darse cuenta de la presencia del niño.
- Yo. He sido yo, que vengo a matarte.
- Tú... - el gigante rió - Está bien, pequeño. Me servirás de cena, aliñado con unos cuantos melones.
- Antes tendrás que alcanzarme - replicó Periquito, echando a correr.
El gigante dio un enorme paso y cayó en el hoyo. Entonces Periquito enarboló su hacha y le cortó la cabeza. Regresó al pueblo con ella y toda la gente lo aclamaba como héroe y le regalaron una espada poderosísima (que se decía que había sido del Conde de Rabadilla) y le dieron el título honorífico de Periquito Tragapepes.
Mas poco duró la alegría en la comarca, pues un pariente del gigante Pepe, al enterarse de lo ocurrido, decidió vengarse y raptó a la hija del rey.
Periquito tomó su espada y, al amanecer, salió en busca del gigante. Anduvo durante mucho tiempo y, cuando sintió hambre, se paró al borde del camino y sacó su pan y su tocino. Entonces se le acercó una viejecita y le dijo:
- Hijo: ¿no le darías un poco de pan a esta anciana que lleva varios días sin abrir la boca más que para bostezar?
- Pues claro que sí - contestó Periquito - Toma mi comida, abuela. Yo puedo aguantar más tiempo sin comer.
- Gracias, hijo. Por tu buen corazón te voy a regalar esta capa mágica que te hará invisible a todo el mundo cuando te la pongas.

Poco tiempo después llegó ante la gruta del gigante y comenzó a dar grandes voces:
- ¡Socorro! ¡Auxilio! Ayudad a este pobre caminante que se ha perdido en la noche.
El gigante al oír las voces salió pensando que ya tenía resuelta la cena.
- Pasa, pequeño. Aquí encontrarás cuanto desees. Dormirás hasta mañana y continuarás tu camino.
Le hizo entrar y le dio una cama para que pasara la noche. Pero, cuando Periquito quedó a solas, se puso la capa y salió a recorrer todos los aposentos hasta que encontró la habitación donde estaba encerrada la princesa. Hizo una señal en la puerta para acordarse y luego fue en busca del dormitorio del gigante. Se acercó a él mientras dormía con grandes ronquidos y le clavó la espada en el corazón. Luego rescató a la princesa y se la llevó al rey.
Como Periquito Tragapepes era muy pequeño no pudo casarse con la princesa, pero a cambio el rey le dio cien sacos llenos de oro, cien vacas, cincuenta caballos y un peón de plata maciza. Y así vivieron felices Periquito Tragapepes y su familia.

Lo recogió José Vicente Castro López, 17 años.
Pórtugos.

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