No se las pensó y le dio una paliza pa' matarla.
Lo contó Gabriel Sedano Lupiañez, 65.
Murtas.
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Periquito entró en el güerto de un vecino. Iba a robarle peras. Mientra' robaba la fruta (¡tan buena!) penzaba:
- Me llevaré do' cejto' de pera' y laj venderé. Con el dinero que me den compraré do' gallina' y laj gallina' me darán güevo'. Loj guevo' ze convertirán en pollito'. Venderé loj pollito' y compraré una marrana. La marrana me dará marranillo'. Venderé loj marranillo' y compraré una vaca. La vaca me dará dinero' y pronto tendré mucha' pesete'. Entonce' compraré una güerta y la plantaré de perale'. Pero no me dejaré robar la' pera'. Ejtaré de guardia to'a' laj noche', y zi arguien z'acerca gritaré: "¡cuida'o, vecinos, que hay aquí un ladrón!
Ar penzá' ejto úrtimo gritó mu' fuerte: "¡cuida'o, vecinos, que hay aquí un ladrón!” y loj cria’o' del amo de la finca lo dejcubrieron y le dieron una gran paliza.
Mariquilla tenía mucha' cormena' y zacaba buen dinero de la mié'. Un día dijo a Juan:
- Juan, ¿podría' ir ar pueblo a vendé' ejte tarro de mié'?
Ya en el pueblo, Juan comenzó a gritá':
- ¡Vendo rica mié'!
Pero nadie le hacía cazo. Zolo laj mojca' z'acercaban a él. Creyendo que laj mojca' iban a pagarle dejó er tarro encima de una piedra y laj mojca' ze comían la mié', pero de pagá' ná'... Y Juan penzó: "zi vuervo a caza zin mié' y zin dinero me mata Mariquilla. Azí que fue al arcarde.
- Zeñó' - le dijo - laj mojca' no quieren pagarme la mié' que me comieron.
- Ezo tie’ fácil arreglo: da un garrotazo a cá' mojca y ya ejtá.
El pobre Juan era el má' tonto der pueblo. Mariquilla zu muje' era mu' lijta. Un día Mariquilla tuvo que ir al merca'o, y dijo a Juan al marchá':
- Juan, cui’a bien loj pollito'.
Pero no podía con ello'. De pronto ze le ocurrió una idea. Bujcó un ovillo de bramante y, uno a uno, fue amarrando con él a loj pollito', con cuida'o por una patita. Loj pollito' chillaban zin para’. Pero Juan, zatijfecho de zu idea, ze acojtó a dormi' a la zombra d'un arbo'.
El milano oyó el pío-pío de loj pollito'. Ze lanzó zobre ello' y , como ejtaban amarra'o uno' a otro', no tardó en volar con to' en dirección a zu ni'o. Juan ni z'enteró. Zeguía durmiendo tan tranquilo. Fue Mariquilla quien lo despertó. Juan tuvo que contarle lo ocurrí'o, y recibió la riña correspondiente.
Érase una vez tres hermanos que se les había muerto el padre y la madre, y se repartieron la herencia. Al más tonto de los tres, que le decían Juanillo, le dejaron la vaca.
Érase una vez que en un pueblo muy pequeño vivía un muchacho muy tonto que se llamaba Juanillo. Cierto día dos muchachos que le tenían odio decidieron meterlo en un saco y tirarlo por un tajo. Ya que lo tenían metido en el saco, lo montaron en un burro. De camino para el tajo, se encontraron una higuera y decidieron pararse a comer higos. Dejaron el burro por allí y un pastor que estaba guardando cabras se acercó a mirar lo que había en el saco. Lo abrió y se encontró con Juanillo.
- ¿Qué haces aquí? - le preguntó sorprendido.
- Es que me llevan a casar con la hija del rey y yo no quiero. - le respondió Juanillo.
- Entonces quédate tú con las cabras y yo me caso con la hija del rey - propuso el pastor.
Juanillo se salió del saco para quedarse con las cabras y se metió el pastor. Cuando llegaron al tajo descargaron el saco y lo tiraron. De vuelta ven a lo lejos las cabras y dicen:
- ¿No es aquel Juanillo?
Llegaron hasta donde estaba con sus cabras y no salían de su asombro. Ya le preguntan:
- ¿Cómo es que estás aquí si te acabamos de tirar por el tajo?
- Pues veréis - dice Juanillo - De cada brinco, cinco; de cada zancada, una manada. Y ya veis: aquí me encuentro con estas ovejas. ¡Y todavía hay más!
Los otros, creyéndose lo que les había dicho Juanillo, se fueron otra vez al tajo. Uno le dijo al otro:
- Tú, cuando te tires, si hay ovejas, dices fuerte: “¡Hay!”
Con que se tiró y al caer se pegó en la cabeza y dice:
- ¡Ay!
El otro, sin dudarlo un momento, se tiró también.
Desde entonces a Juanillo no le volvieron a hacer nada malo y vivió feliz con sus ovejas, para siempre.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Érase una vez dos hermanos que, como el título dice, uno era listo y otro tonto. El listo tenía una novia que era muy guapa y el otro tenía la desgracia de comer mucho.
- Chachillo, yo quiero ir a ver a tu novia - le decía el tonto a su hermano listo.
- No, tú no puedes venir conmigo, que comes mucho.
- Chachillo, chachillo, yo voy contigo - le repetía.
El otro, con tal de que no le diera más la lata, le dijo:
- Ven conmigo. Pero cuando yo te pise el pie tienes que dejar de comer.
Érase una vez dos compadres, uno rico y otro pobre. El rico tenía una hija y el pobre un hijo. Y le dijo un compadre a otro:
- Compadre, cuando tengamos los hijos grandes, los casamos y así seremos compadres y consuegros.
Cuando los hijos ya eran mayores, Juanillo no se quería casar con la hija del compadre porque él era pobre y ella era rica. Entonces él se hacía el tonto.
La muchacha tenía ya novio y se iba a casar e invitaron a la petición de mano a los compadres. Le dijo la madre de Juanillo al marido:
- Mira: a Juanillo es una vergüenza llevarlo a la casa de los compadres, porque es tonto y no hará mas que tonterías.
El padre le dijo al mozo:
- Toma este dinero, cinco mil pesetas, y te llevas a Juanillo a la sierra y lo pierdes para que no venga a casa de mis compadres.
Se llevó a Juanillo a la sierra y cuando ya estaba lejos del pueblo, le dijo:
- Espérate aquí que voy a por agua. No te mueves.
Y Juanillo le dijo:
- Dame el dinero que te ha dado mi padre y cuando vayas al pueblo, no digas que soy listo porque te mato.
Cuando regresó el mozo al pueblo, les dijo que lo había dejado muy lejos y que no encontraría el camino.
Juanillo, con las cinco mil pesetas, se compró tres anillos: uno le costó mil pesetas; otro dos mil quinientas pesetas; y el tercero mil quinientas. Fue a la casa de la novia, tocó a la puerta y salió la moza y le dijo:
- ¿Qué quiere usted?
Y él le contestó:
- Vengo porque me he enterado que tu señorita va a casarse y a ver si me quiere comprar un anillo.
Ella dijo que su señorita ya tenía uno, pero él le contestó que no sería igual y se lo enseñó.
- ¡Oh, señorita, qué anillo! Es el más bonito de todo el pueblo. Mírelo usted, señorita, mírelo.
- Dile que cuánto quiere por él.
- Dile a tu señorita que si me enseña de rodilla para abajo, se lo doy.
- Señorita, dice que con verle de rodilla para abajo se lo da.
- No, que me voy a casar. ¡En cualquier día le enseño yo de rodillas para abajo!
- Señorita, usted qué va a perder. El se va y ya no viene más.
- Bueno. Dile que suba.
Sube Juanillo, le enseña de rodilla para abajo, le da el anillo y se va. Y al otro día vuelve y le trae el otro anillo. Toca a la puerta y sale la moza:
- ¿Qué quiere usted?
- Vendo anillos.
- Mi señorita tiene ya el anillo más bonito de todo el pueblo. ¿Cuánto vale?
- Dile a tu señorita que me enseña de los muslos para abajo y le doy el anillo.
- Señorita, ¡ay qué anillo!
- No, que ya tengo dos anillos. ¿Para qué quiero más?
- Mírelo usted, señorita, mírelo usted.
- Dile que cuánto quiere por él.
- Mire, señorita: dice que con verle de los muslos para abajo se lo da.
- ¡Uf, uf, uf! Cualquier día, que me voy a casar ya mismo.
- Señorita, usted qué va a perder. Se lo enseña, se va y ya no viene más.
- Bueno, dile que suba.
Sube Juanillo, le enseña de los mulos para abajo, le da el anillo y se va. Y vuelve al día siguiente, toca a la puerta y sale la moza.
- ¿Qué quiere usted?
- Yo vendo anillos.
- Tiene mi señorita el mejor anillo que pueda haber.
- Como éste no. Mire. Es el más bonito del mundo. Tome y enséñeselo a su señorita.
- ¡Ay, señorita, qué anillo!
- Ya no quiero más anillos, que ya tengo.
- Señorita, como éste no. Mírelo usted.
- Dile que cuánto quiere por él.
- Dile a tu señorita que con verla en camisón de noche de bodas se lo doy.
Sube la moza arriba y le dice:
- Señorita, dice que con verla a usted en camisón de noche de bodas se lo da.
- ¡Uf, uf, uf! En cualquier día, que me voy a casar.
- Señorita, usted qué va a perder. Se lo enseña, se va y no viene más.
- Bueno, dile que suba.
Se pone en camisón. El camisón tenía las iniciales escritas y Juanillo le pegó un tirón y se lo quitó. Volvió a su casa haciéndose el tonto y la madre le decía al padre:
- ¡Ay, que Juanillo ha venido y esta noche es la petición de los compadres! ¡Qué vergüenza!
- Qué le vamos a hacer. Lo llevaremos.
Le ponen guapo y le advierten:
- Juanillo, no vayas a pedir sopas en casa del compadre.
- No, mama, no pido.
Llegan a casa de los compadres y decía Juanillo, tirado por el suelo:
- Mama, opas, más opas.
Había allí un montón de amigos y familiares y le dicen:
- Juanillo, cuenta tú tu historia.
Se levanta y los padres al verlo se marearon.
- Mira, yo compré tres perros. Uno me costó mil pesetas, otro mil quinientas, otro dos mil quinientas. Fui a cazar y entonces vi un conejo y le eché el perro de mil pesetas. Sólo le pudo coger de la rodilla para abajo. Le eché el perro de mil quinientas y lo cogió de los muslos para abajo. Le eché el de dos mil quinientas y le arrancó hasta la pelleja. Y si no me creéis, aquí la tenéis.
- Entonces les enseñó el camisón y vieron las iniciales de la novia y se quedaron todos parados.
Y dijo el novio a la novia:
- Yo ya no me caso porque tú has estado durmiendo con otro.
Ella, al ver a Juanillo tan listo, se quedó prendada y se casaron. Todos, muy contentos, siguieron la boda. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
Era un muchacho que se llamaba Juan y le decían Juanillo.
Un día le mandó la madre que le llevara al padre, que se encontraba en el campo, una olla llena de sopas. Pero a Juanillo le dio hambre por el camino y le abrió un agujero a la olla en el culo y sorbió hasta comérselas todas. Cuando llegó donde su padre le avisó para que viniera a comer. El padre tenía mucha hambre y al ver que lo llamaban para comer se puso muy contento. Pero cuando abrió la olla y no encontró nada le preguntó a Juanillo:
- Juanillo, ¿dónde están las sopas?
- Se han caído por el agujero que tiene en el culo - le contestó.
- ¡ Que se han caído...!¡ Ven acá, desgraciao, que te voy a poner morao a palos!
El padre cogió un látigo que tenía para arrear a la yunta y se lió a darle latigazos hasta que Juanillo tuvo que huir y perderse por los montes.
Como tanto anduvo, llegó a una ciudad donde había una princesa que, al verlo, se enamoró de él y más tarde se casaron.
Juanillo le contó el problema que tuvo con los padres. La princesa, al oír esto, cogió un caballo y una gran cantidad de oro y se lo dio a Juanillo para que se lo llevara a sus padres.
Juanillo se encaminó hacia su pueblo, pero en mitad del camino una banda de ladrones lo asaltaron y se llevaron todo lo que llevaba encima dejándole así en cueros. Tuvo que esperar a que llegara la noche para poder entrar en el pueblo. Una vez que anocheció entró, metiéndose en los corrales de la casa del padre. Cuando llegó la hora, el padre bajó a echarle a la burra. Y mientras le echaba le decía:
- Toma, burra, que desde que no está aquí Juanillo estás más gorda.
En aquel instante salió Juanillo y dijo:
- Padre, estoy aquí. - y salió en cueros vivos.
El padre, al verle en cueros vivos, le dijo:
- Sube y que te dé tu madre una chaqueta y unos pantalones.
La princesa, al ver que había pasado mucho tiempo y Juanillo no regresaba, decidió ir ella con dos caballos y más oro. Se encaminó hacia el pueblo de Juanillo y también le salieron los ladrones. Pero desenvainó la espada y fue matándolos a todos hasta que llegó al último. Le pidió lo que le habían quitado a Juanillo. El ladrón, después de dárselo, salió huyendo como si fuera del diablo. La princesa encontró a Juanillo y a los padres muy pobres y decidió llevárselos a todos al palacio.
Érase una vez dos hermanas que todas las mañanas salían al balcón para ver quién pasaba.
Una mañana pasó un príncipe y, al verlas (tan guapas), decidió pasar todos los días. Uno de esos días, una de las hermanas tiró una manzana podrida; el príncipe se agachó a cogerla y, al ver que estaba podrida, la tiró, se subió al caballo y se marchó avergonzado.
A la mañana siguiente una de las hermanas le dijo:
-Mira qué de caballero;
mira qué de cortesía,
que se baja del caballo
para coger una manzana podrida.
El príncipe se fue de nuevo avergonzado.
Una tarde de invierno el príncipe quiso vengarse de ellas, se disfrazó de pobre y fue a la casa de las dos hermanas. Pidió alojamiento y comida por una noche y da la casualidad de que estaba lloviendo. Ellas, al ver que hacía tanto frío, le dejaron pasar. Llegó la hora de acostarse y él dijo que le daba igual dormir en cualquier sitio. Las hermanas decidieron que durmiera en la escalera y a media noche se presentó en el cuarto de las hermanas diciendo:
- Tengo mucho frío. ¿Me podéis hacer un sitio?
Una dijo sí y la otra también. Se puso en un lado y la una estuvo toda la noche diciéndole a la hermana:
- ¡Chínchale al pobre, María!
Amaneció. Les dio las gracias y se marchó. Se quitó la ropa de pobre, se puso las de príncipe. Esa misma mañana pasó por debajo del balcón y le volvió a decir una de ellas:
-Mira qué de caballero;
mira qué de cortesía,
que se baja del caballo
para coger una manzana podrida.
Y entonces el príncipe responde:
-Mira qué de señorita;
mira qué de cortesía,
que estuvo toda la noche diciendo:
"chínchale al pobre, María".
- ¿Qué queréis que os traiga?
- Lo que usted quiera, padre.
Mientras el padre estaba fuera, la más pequeña sembró en una maceta una mata de albahaca. El hijo del rey, que estaba enamorado de ella, todos los días pasaba por delante de su casa, la veía regando y le decía:
- Niña que riegas la albahaca: ¿cuántas hojitas tiene la mata?
Ella le contestaba:
- Y tú, príncipe embustero, ¿cuántas estrellitas tiene el cielo?
Un día el príncipe se vistió de pescadero y salió pregonando. Cuando la muchacha lo oyó, salió y el príncipe se tiró a darle besos y abrazos. Al día siguiente el príncipe le dijo:
- Niña que riegas la albahaca: ¿cuántas hojitas tiene la mata?
- Y tú, príncipe embustero, ¿cuántas estrellitas tiene el cielo?
- Tantas como besos y abrazos le diste al "pescaero" – le contestó.
La muchacha pensó que aquello no podía continuar así. Al día siguiente se vistió de la muerte y se fue al castillo. Tocó y salió el rey:
- ¿qué quieres?
- Soy la muerte y vengo a llevarme a tu hijo.
- Pero si mi hijo no está enfermo y no ha hecho nada malo.
- Bueno, si no quiere que me lo lleve tiene que bajar a las cuadras y pegarle cuatro mordiscos al "jaco podrío". - (Así le llamaban al caballo del rey por estar muy seco.)
El príncipe bajó y le pegó los mordiscos.
Al día siguiente el hijo del rey le dijo a la muchacha:
- Niña que riega la albahaca: ¿cuántas hojitas tiene la mata?
- Y tú, príncipe embustero, ¿cuántas estrellitas tiene el cielo?
- Tantas como besos y abrazos le diste al "pescaero"?
- Pues la albahaca tantas como mordiscos le diste al "jaco podrío".
El príncipe decidió cortarle el agua para que tuviera que ir a por ella al jardín del palacio. Cuando fue a regar y vio que no tenía agua llamó a sus hermanas y les dijo:
- Bajadme con una cuerda al jardín del palacio para coger agua.
Cuando la bajaron, ella lo encontró dormido y se fue para él y le puso en la frente AMOR. Cogió agua y se fue. Al día siguiente, la volvieron a bajar y, cuando le estaba poniendo AMOR, el príncipe se despertó. La cogió de la mano y empezó a enseñarle el palacio. Pero cuando llegaron al palomar la muchacha lo dejó allí encerrado.
Al día siguiente todo el mundo estaba buscando al príncipe y un criado dijo:
- Todo está abierto, menos el palomar.
Entonces tiraron la puerta y lo sacaron. Le contó a su padre que quería a una muchacha y que ella lo quería a él. Pero no le pudo decir más porque cayó muy enfermo. El padre mandó a un criado a dar el pregón de que todas las mozas del pueblo tenían que ir a contarle un cuento al príncipe, para ver por cuál de ellas se interesaba. Pero por ninguna se interesó.
Hasta que un día llegaron las hermanas y le tocó el turno a la pequeña. Y le preguntaron:
- ¿Qué cuento le vas a contar?
- Yo no vengo a contar, ni a descontar; yo vengo a entregar las llaves del palomar.
Cuando el príncipe se mejoró se casaron y vivieron felices.
Érase una familia muy pobre que tenía dos hijos y una hija. Murieron los padres y llevaban la casa como podían. Un día estaba la niña regando la albahaca que tenía en la puerta y acertó a pasar por allí el hijo del rey. Se admiró de lo bonita que era la niña y le dijo:
- Señorita que riegas la albahaca, ¿me dices cuántas hojas tiene la mata?
Ella se quedó callada y no le dijo nada porque le dio mucha vergüenza. Al día siguiente pasó otra vez el hijo del rey y le dijo lo mismo. Ella volvió a quedarse callada, sin saber qué contestarle. Pero decidió que al día siguiente le contestaría algo. Y se lo estuvo pensando. Al día siguiente volvió a pasar el hijo del rey y vuelta a las mismas:
- Señorita que riegas la albahaca, ¿me dices cuántas hojas tiene la mata?
- Príncipe pirulín, pirulero, ¿me dice cuántas estrellas tiene el cielo?
El hijo del rey no se podía quedar así, sin saber qué contestar a aquella mocita. Decidió aumentar la burla. Al día siguiente se disfrazó de pescadero muy pobre, con los harapos viejos y una caja de pescado, y se presentó de noche en la casa de los huérfanos. Pidió, por Dios, que le dejaran pasar la noche , que venía de muy lejos y se le había echado la noche encima. Con que le dejaron entrar. Se pusieron a cenar y los huérfanos, como eran tan pobres, no tenían otra cosa que pan. Y el hijo del rey, pues pescado. Los huérfanos le pidieron un poco. Pero él dijo que por cada arenque que les diera tenía que dar un beso a la niña. Todos quedaron de acuerdo y así pudieron comer pan con arenques.
A los pocos días de este suceso pasó otra vez el hijo del rey por la puerta de la niña y estaba ella regando la albahaca.
- Señorita que riegas la albahaca, ¿me dices cuántas hojas tiene la mata?
Y ella contestó lo suyo:
- Príncipe pirulín, pirulero, ¿me dice cuántas estrellas tiene el cielo?
Y él añadió:
- Tantas como besos le diste al pescadero.
¡Qué vergüenza pasó la pobre niña! Decidió vengarse del hijo del rey al otro día. Los hermanos le decían que no cometiera locuras, que era el hijo del rey y la podía matar si quisiera. Pero ella no hizo caso y se ingenió una broma de venganza: se disfrazó de diablo, con cuernos y todo, echando fuego por la boca, y una pequeña lanza con tres puntas muy largas. Y también se agenció una jaca. Con todo ello se dirigió a palacio. Llamó a la puerta. Salió un criado y dijo que llamaran inmediatamente al hijo del rey, que si no subiría ella misma a por él. Así que el hijo del rey tuvo que bajar para que no subiera el demonio aquel... Cuando la niña lo tuvo delante, sacó una voz muy ronca y le dijo que tenía que acompañarla al infierno. Y él, medio llorando, le rogó que no se lo llevara, que le pidiera cualquier cosa, que se la daría. Entonces ella le dijo que tenía que estar dando besos en el culo de la jaca hasta que le dijera basta. Y el hijo del rey aceptó para que no se lo llevara. Cuando ella dijo "basta", él paró y el demonio se fue.
El hijo del rey estuvo un tiempo muy malo, con fiebre, a causa de la infección de los besos. Pero cuando se recuperó lo primero que hizo fue irse a pasear delante de la niña de la albahaca.
- Señorita que riegas la albahaca, ¿me dices cuántas hojas tiene la mata?
- Príncipe pirulín, pirulero, - contestó la niña - tantas como besos le diste al culo de la jaca.
No se puede decir el enfado del hijo del rey. Inmediatamente ordenó que detuvieran a la niña y que la colgaran. Pero cuando ya iban a ejecutarla, la niña le dijo que le diera una oportunidad, como era la costumbre; que antes de matar a alguien se le ponían unas pruebas y si las hacía bien se le perdonaba. El príncipe aceptó y le dijo:
- Tienes que venir mañana ni vestida, ni desnuda; ni andando, ni montada; ni por el camino, ni por fuera del camino.
Al día siguiente la niña se presentó con un vestido de hojas de higuera, con lo cual no se podía decir si iba vestida o desnuda; montada en una borrega y con las piernas arrastrando, con lo cual tampoco se podía decir ni que fuera montada, ni que fuera a pie; y además iba con una pierna por el camino y con la otra por fuera, con lo cual tampoco se podía decir que fuera por camino o por fuera de camino.
El hijo del rey no tuvo más remedio que perdonarla. Pero, al ver que era tan lista, además de guapa, se enamoró de ella y le pidió la mano a sus hermanos, que aceptaron al instante. Se celebraron las bodas y fueron muy felices el resto de sus días.
Era una vez un matrimonio que vivía en un cortijo. Él se llamaba Juan; ella María. Eran bastante pobres y tenían sólo unas cuantas gallinas. Cuando ponían un huevo, María iba a venderlo al pueblo para que Juan jugara a las cartas. Pero siempre le decía a su marido:
- ¿Por qué no compramos arroz con el dinero del huevo?.
- Porque el dinero lo necesito para jugar, mujer - contestaba Juan.
Pero siempre perdía y así nunca salían de la pobreza.
Un buen día iba Jesús con sus doce apóstoles y le dice San Pedro:
- Señor: ¿dónde vamos a pasar la noche?, que ya va oscureciendo.
- En el cortijo de Juan, que nos dejará entrar - contestó Jesús.
Llegaron a la puerta del cortijo y tocó el Señor la puerta. Abrió Juan y el Señor le dice:
- ¿Podemos pasar esta noche aquí?
- Eso ni se pregunta, buen hombre- contesta Juan - Entren todos.
Una vez dentro, vio Juan que Jesús (¡pero él qué iba a saber quien era!) estaba descalzo y le dio sus alpargatas. Había sólo una silla en la habitación y se sentó San Pedro. Al verlo, Juan le hizo levantar para que se sentara el Señor, que parecía mayor. Llegó la hora de cenar y cenaban siempre un mendrugo de pan y una olla que no tenía casi nada para ellos dos. María tenía apuro de sacar tan poco y le dijo a Juan:
- Cómo voy a poner la mesa, si no hay comida ni para nosotros.
- Tú ponla. Si no tocamos a una cuchará, tocaremos a media.
Puso la mesa y Juan animaba a que comieran primero ellos. Empezó Jesús a partir los trozos de pan y aquello no tenía fin... Y la olla no se acababa... María adivinó quién era y se lo dijo a Juan. Pero éste no la creyó.
Llegó la hora de acostarse y Juan le ofreció su cama al buen hombre. Pero Jesús no aceptó, y se acostó en la cuadra, con los doce apóstoles. María, como era tan curiosa, se levantó a media noche a ver cómo dormían los invitados. Y vio al buen hombre acostado en los maderos, en forma de cruz. Fue corriendo a decírselo a Juan. Pero éste no la creyó.
- No digas bobadas, María. ¿Cómo se va a acostar en la cruz, con lo dura que está?
A la mañana siguiente se despiden de Juan y María y le dice el Señor:
- Juan: pídeme tres deseos, que los tienes concedidos.
- ¿Qué me va a dar usted a mí, buen hombre, si va descalzo y comido de miseria?
Pero tanto insistió Jesús que Juan pidió:
- Mire: tengo un cerezo en la puerta y en la noche de San Juan me lo hacen polvo los mozos. Quiero que, cuando se suban, no puedan bajarse sin mi permiso. - Quedó pensando qué más podía pedir y al rato continuó - Otro deseo que tengo es que cuando juegue, lo gane todo. Y el último, que cuando me muera me echen la baraja a la caja.
Con que se fueron y llegó el día de San Juan. Los mozos se fueron al cerezo de Juan, a coger los ramos de cerezas. Subieron, cargaron los brazos y, cuando quisieron bajar, no pudieron. A la mañana allí los encontró Juan.
- María, - gritó - dame la escopeta que hay mozos en el cerezo.
- No tire usted, señor Juan, que le prometemos que aunque se hagan de oro las cerezas, no volveremos más.
- Bajad del cerezo.
Bajaron y no volvieron nunca más.
A los pocos días una gallina puso un huevo. Con el dinero de la venta, fue Juan a jugar al pueblo. Ganó todo lo que quiso y no se lo podía creer. ¡Menuda alegría recibió María! Pudieron comprar todo lo que quisieron. Ya nunca más pasaron hambre.
Pero como a todos nos llega la hora, también le llegó a Juan. Se murió y le echaron la baraja. Con ella llegó hasta las puertas del infierno y le dijeron que él no era para allí. Ya se iba, cuando oyó dentro las voces de los doce que iban con el Señor que le concedió los tres deseos. Y le dijo al jefe de los demonios:
- Te echo una mano. Si gano me llevo a esos doce y si no, me quedo aquí para siempre.
Aceptó el diablo, pero como Juan era ganador siempre, porque había sido su tercer deseo, le ganó al diablo y se llevó con él a los doce apóstoles, a la Gloria.
- Metralla, tienes hambre. Pues yo también la tengo.
Pero un día se presentaron en el taller dos hombres con un borrico a que le pusieran una herradura. El herrero no tenía ya ni herraduras. Así que echó mano de un trozo de plata que tenía guardado como herencia de su abuelo. Aquellos dos hombres eran Jesús y San Pedro. Cuando lo ven trabajar el metal le dice el Señor:
- Maestro: eso parece un trozo de plata.
- No es que parece, - contesta el buen herrero - es que lo es.
- No vamos a tener dinero para pagarle una herradura así.
- Yo sé que ustedes son tan pobres como yo - les contestó - No me alargaré en pedir dineros.
El herrero comenzó a ponerle la herradura al animal. Pero del hambre que tenía, casi no le quedaban fuerzas para amartillar los clavos. Y se le jorobaban y tardaba un siglo en sacarlos y volver a clavarlos. Le dice al Señor(sin saber el herrero que era Dios, claro):
- Venga, amigo. Levántele la mano al burro.
Del primer golpe, clavó un calvo. Y del segundo, otro. El herrero, extrañado de su habilidad, dice:
- ¡ Pues no parece que ha puesto Dios las manos en el burro para que me salga así de bien !
San Pedro, sonriente:
- ¿Quién sabe, buen hombre?
En diez minutos estaba listo el trabajo. Le pide el Señor lo que se debe y el herrero, tan contento de haber acabado pronto y bien, les dice que no les cobra.
- Eso no puede ser - protesta San Pedro.
- Pobres ustedes, pobre yo; no quiero nada de pobres, y nada pierdo.
No hubo manera de que dijera un precio.
- Bueno, maestro - acabó la discusión el Señor - Ya que no quiere cobrar nada, le voy a conceder un don: pida cualquier deseo, que se le cumplirá.
El herrero, por llevarle la corriente, sin hacerse ilusiones ni figurarse con quien estaba hablando, dice:
- Pues mire usted: yo tengo aquí en la fragua tan sólo una silla y quiero que toda persona que en mi silla se siente, que no se levante hasta que yo no le dé el permiso.
- Vaya tonterías que pide usted - exclamó San Pedro.
- Concedido - dice el Señor -. Pida otro deseo, que también se le cumplirá. Pero pida mejor que la otra vez.
Estuvo el herrero pensando un rato, y al fin responde:
- Tengo un peral en la puerta de la fragua y ningún año disfruto de las peras, porque se las comen. Quisiera que toda persona que se subiera al peral no se pudiera bajar hasta que yo no se lo autorizase.
- Menuda tontería... – volvió a decir San Pedro.
- Pide otro más, el último. Pero pide mejor.
Pensó y repensó el buen herrero.
- Mire: tengo una petaca muy grande y quiero que todo el que yo meta dentro de la petaca no pueda salir ni entrar mientras yo no le de permiso.
- ¡Otra tontería!...
- Concedido lo tiene, ¡ea! - dijo el Señor - Y ya nos vamos. Quede usted con Dios, y buena suerte.
A los tres días de este suceso, Metralla se le sentó al pie del yunque, abrió la boca y se murió.
- Adiós, Metralla, - le dijo el herrero - que detrás de ti iré yo. Estoy por entregarle el alma al diablo...
No había acabado de decir esto, cuando se le presenta un señorito a la puerta.
- Aquí me tienes, maestro.
- ¿Y quién es usted?
- Yo soy el diablo. Me has ofrecido tu alma y vengo a por ella.
El herrero no salía de su asombro.
- Espere un momento, que me despida de mi señora – acertó a decir al cabo de un rato.
Se metió para dentro y el diablo espera que te espera. Tanto esperar, se cansó y fue a sentarse en la única silla que había. Al rato sale el herrero y le dice que está listo. Pero el diablo, claro, no pudo levantarse. Entonces le vino al herrero el recuerdo de los dos personajes y los tres deseos que había pedido.
- Con que, ¿no te puedes levantar? Pues ahí vas a criar raíces.
- Si me levantas de la silla - le dice el diablo - te concedo veinte días de bienestar, a base de comida, puros, y siempre con dinero en el bolsillo.
Dicho y hecho. Le dio su permiso para levantarse y vivió veinte días como un marqués. Pero se le pasaron sin enterarse.
Una mañana estaba sentado a la puerta del taller y vio asomar un tropel de gente que venía hacia él. Cuando llegaron, sale uno del montón.
- Herrero - le dice - ¿No me conoces?
- Sí que te conozco. Tú eres el diablo.
- Pues venimos a por ti.
Era el tiempo en que el peral estaba de peras hasta arriba. Y dice el herrero:
- Bueno. Esperadme un minuto que voy a despedirme de mi señora. Mientras voy y vengo, probad las peras.
Ni uno quedó en tierra. Y cuando salió el herrero, por más que quisieron bajar, ninguno pudo.
- Bájanos de aquí y te prometo otros veinte días de vida a lo marqués - dijo el jefe de los diablos.
Dicho y hecho. Pero los veinte días se pasaron sin darse cuenta y volvieron a por él:
- Maestro: vámonos.
- Un minuto, que voy a despedirme de mi mujer.
- Ni hablar de eso.
Total que se fueron al instante. A los veinte minutos de camino, el herrero le dice al diablo:
- Me han dicho que el diablo se puede convertir en todo lo que quiera. ¿Es eso cierto o son habladurías de la gente?
- Es cierto - contesta el diablo - medio ofendido de que aquel mortal dudara de sus poderes.
- Pues si es verdad, ¿a que no te conviertes en hormiga?
Ni corto ni perezoso el diablo se transformó en la más pequeña de las hormigas. El herrero lo metió en la petaca y se volvió para su casa. Cuando llegó la noche se acostó y su mujer, para no perder la costumbre, se levantó a fisgar en la petaca del marido. Metió la mano y el diablo se la agarró de manera que no podía sacarla. Así estuvo, luchando toda la noche. Ya al clarear el día, viendo que no podía deshacerse de aquella trampa, llamó al marido.
- ¡Ventura! ¡Ventura! - que así se llamaba el herrero.
- ¿Qué quieres, mujer? - contesta el herrero, medio dormido.
- ¿Qué demonios tienes en la petaca, que no puedo sacar la mano?
- ¡Todos los del infierno! - contestó - Y ya pillé al ladrón que me registraba.
La mujer confesó y prometió no volver a fisgarlo. Entonces el herrero salió a la calle con la petaca, la abrió y preguntó al diablo:
- Prometes no volver nunca más por aquí.
- Nunca. Jamás. Te lo prometo. - gritó el diablo.
- Pues, con mi permiso, fuera.
El diablo se fue más que deprisa. Y el señor Ventura y su mujer vivieron como marqueses. Así pasó en verdad. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Lo recogió Jacoba García Morales, 18 años.
Lo contó José Santiago Heredia, 70 (aprox).
Sorvilán.
Había una vez en un pueblo un herrero muy pobre. Cierto día se le presentó el diablo diciéndole que se lo llevaría con él. Y le dio un plazo de doce días para que solucionara sus cosas pendientes en este mundo.
Quedó el pobre herrero muy apenado. Y estando en estas se le apareció un hada que venía acompañada de San Pedro. Le dijo que pidiera tres deseos. El herrero lo pensó y pidió:
- Quiero que todo el que se suba a mi parra no se pueda bajar hasta que yo lo diga.
San Pedro le aconsejó que pidiera el cielo. Pero el herrero ni lo escuchó y siguió:
- Quiero que todo el que se siente en mi sillón no se pueda levantar hasta que yo lo diga.
San Pedro volvió a insistir que no dejase de pedir el cielo. El herrero pidió su tercer y último deseo:
- Quiero que todo el que entre en mi casa y se mire en el espejo no se pueda mover hasta que yo lo diga.
Desaparecieron el hada y San Pedro y el herrero volvió a quedar a solas con su problema. Preparó sus cosas, se despidió de toda su familia y a los doce días cabales se le presentó el diablo en el taller. Con que ya salían, camino del infierno, cuando al herrero se le ocurre ofrecer al diablo que subiera a la parra y probara de sus uvas tintas. El diablo no lo pensó mucho y allá se fue. Se hartó de comer y cuando quiso bajar comprobó no podía. Le pidió por favor al herrero que lo bajara y éste le dijo que con la condición de que le dejase un año de plazo para volver a por él. Aceptó el diablo y bajó enfadadísimo de que aquel herrero lo hubiese engañado.
El año se pasó en un volar y cuando quiso darse cuenta ya tenía otra vez al diablo en el taller. Se iban ya cuando se acordó el herrero del sillón y se lo ofreció al diablo. No lo pensó dos veces y se dejó caer... y allí se quedó pegado. El herrero le pidió dos años más. El diablo aceptó y se fue con más cabreo que nunca.
A los dos años ya estaba otra vez el diablo reclamando al herrero. Cuando se iban le dijo el herrero que se peinase un poco, que tenía unos pelos muy revueltos. El diablo se quedó pensando si habría algún hechizo en el peine que le entregaba el herrero. Pero al ver que el herrero se peinaba con él, lo cogió, se miró al espejo... y se quedó como de piedra, sin poder mover ni un pelo del rabo. El herrero le pidió de plazo toda la vida. Y el diablo no tuvo más remedio que concedérselo.
Pasó el tiempo y le llegó su hora al buen herrero. Murió y se fue camino del infierno. A la puerta se encontró con el diablo conocido suyo que no le quiso dejar entrar porque decía que allí no había sitio para más diablos y que él era peor que todos ellos juntos. Así que se fue el herrero camino del cielo. Pero allí estaba San Pedro, que le recordó que no había querido pedir el cielo cuando el hada le concedió los tres deseos. En vista de lo cual el herrero se quitó el sombrero y lo tiró puertas adentro. Luego pidió permiso a Nuestro Señor para entrar a recogerlo. Se lo dieron y, cuando estuvo dentro, dijo que se quedaba. Y allí sigue, que no pudieron echarlo.
H |
abía una vez un sastre que cosía en su taller y unas moscas muy pesadas le molestaban sin parar. Cansado de ellas dio un manotazo y mató siete. Se puso tan contento que se hizo un cinturón que ponía: "maté siete de un golpe". Y cuando la gente lo veía, como no sabían de qué iba, comentaban: "¡Qué valiente es el sastrecillo!".
Pasado algún tiempo llegó a la ciudad un gigante muy fuerte y muy malo que amenazaba a la gente con destruirles sus casas si no le llevaban toda la comida y el ganado que tuvieran. Y cuando se lo llevaban nunca se quedaba satisfecho. Así que la gente estaba asustada y nadie se atrevía a hacerle frente. Entonces acudieron al sastrecillo, pensando que si había matado siete de un golpe, podría librarles del gigante.
El sastrecillo no se atrevió a decirles la verdad y pensó que ya se le ocurriría algo, pues, si no era tan fuerte como el gigante, al menos sí era más inteligente. Se llenó los bolsillos de piedras y se subió a un árbol que había en el camino por donde pasaba todos los días el gigante. Al rato de esperar, vio que llegaba y le tiró una piedra a la cabeza. El gigante se volvió, sorprendido, y al no ver a nadie se quedó intrigado. El sastrecillo le tiró otra más. El gigante preguntó con gran voz: "¿Quién hay ahí?". El sastrecillo sacó la voz más ronca todavía y le contestó: "Soy un gigante más fuerte y más grande que tú, y además tengo poderes mágicos y soy invisible. Vete y no vuelvas si no quieres que te aplaste de un pisotón". El gigante salió corriendo y nunca más volvió.
Toda la gente estaba muy contenta y el rey premió al sastrecillo con la mano de la princesa.
Lo recogió Beatriz Ruiz Mediano, (¡).
Turón.